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P. Hernando Uribe
Columnista

P. Hernando Uribe

Publicado el 25 de octubre de 2019

El milagro de la relación

La relación, de la misma categoría que la sustancia, es el fundamento de todo. La definimos como esa corriente de secreta simpatía que une las partes con el todo. Un milagro presente en todo, hasta el punto de poder afirmar que Dios es la relación, que da sentido de unidad a todo.

Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz son tan intuitivos que ven la relación en todo. En su razonamiento sobre cada tema que desarrollan, interrumpen con frecuencia el discurso con este inciso: “Aunque todo sea uno”. Se preocupan, no de integrar, sino de no desintegrar.

Jesús es relacional, pues es un “ser de” y un “ser para”, viene “de” Dios “para” los hombres. Cultiva la relación de amor con su Padre con esmero infinito, pues de ella depende su acción salvadora, y por eso siempre actúa movido por el Padre, por lo cual puede orar así: “Padre, te doy gracias... ya sabía que tú siempre me escuchas” (Juan 11,42).

Las parábolas, obra portentosa de la literatura, la teología y la espiritualidad, expresan el modo como Jesús vive la relación de amor con el Padre, con los hombres, con el cosmos y consigo mismo, lo que hace de Él el hombre culto por excelencia.

Cuando leo las parábolas, me quedo absorto al preguntarme cómo miraban los ojos de Jesús, pues era asombroso el realismo de su mirada, fruto de un corazón limpio. Realismo que inquieta, seduce, fascina. Ejemplo elocuente el de la parábola de dos personajes anónimos.

Con su mirada limpia, Jesús percibe dos clases de hombres, representados en el fariseo y el publicano. Ambos van al templo a orar. El fariseo se dedica a hacer la apología de sí mismo, dando gracias a Dios, no por la grandeza y misericordia divinas, sino por sus buenas obras humanas, a la vez que menosprecia a su prójimo.

El publicano, en cambio, al tiempo que se reconoce pecador, pone toda su confianza en Dios, esperando todo de Él, como lo expresa en su postura corporal y en sus gestos y palabras: “Ten compasión de mí, Señor, que soy un pecador” (Lucas 18,13). Excelente oración, que todo orante debe hacer suya.

Los dos personajes de la parábola son dos modos antagónicos de relación. El fariseo cuenta con Dios solo para alabarse a sí mismo. En cambio, para el publicano, es Dios quien hace armónica su existencia.

Jesús cuenta la parábola del fariseo y el publicano como la invitación más impresionante a cultivar la relación de amor con Dios. El secreto de la felicidad.

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