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Francisco Cortés Rodas
Columnista

Francisco Cortés Rodas

Publicado el 21 de enero de 2020

El negacionista

La película “Negación” de Mick Jackson (Netflix), basada en hechos reales, cuenta la batalla legal entre la profesora americana-judía Deborah Lipstadt y el historiador David Irving, quien la demandó por difamación cuando ella le acusó de negar la existencia del Holocausto nazi.

Irving justificó el nazismo cuando afirmó que los nazis no asesinaron a seis millones de judíos, y que la muerte de estos ocurrida durante los años del dominio nazi fue resultado de la guerra, no de un asesinato masivo organizado por el Estado. Irving perdió en un tribunal británico la demanda y unos años después fue encarcelado en Austria, donde negar el Holocausto es delito.

Un negacionista es alguien que niega evidencias, pruebas documentadas, que pretende que no haya ni historia ni memoria. El negacionista entorpece el estudio de la historia y busca mutilar la memoria desde su raíz. Y esa obstaculización pasa por el cierre de los archivos y por el aumento de las trabas a la investigación.

El negacionista practica la denominada política del olvido, que en España, mediante la propaganda del régimen franquista, borró todo vestigio de la violencia que produjo, y confiscó el recuerdo de la guerra civil. Después de la muerte de Franco las fuerzas políticas, tanto de derecha como de izquierda, aceptaron el camino de una transición pacífica a la democracia basada en la amnistía.

En América Latina, el olvido ha dominado la lógica de la política y del derecho durante muchos años debido al dominio que han ejercido regímenes autoritarios o élites hegemónicas. En Argentina los juicios a la Junta Militar fueron seguidos por las leyes de Punto Final y Obediencia Debida —leyes de amnistía—, que dieron lugar a la impunidad de los verdugos. En Chile, el general Pinochet destacó las cualidades benéficas del olvido para dar el paso hacia la consolidación de una democracia pacificada y subrayó la peligrosidad de la memoria, que con su arrebato recordador podía terminar prendiendo la chispa de una nueva guerra antisubversiva. Sin embargo, en estos países se produjo posteriormente un giro hacia la memoria.

En Colombia, los apologistas del olvido, que siguen la tradición de los negacionistas del Holocausto, de aquellos que ocultaron los crímenes cometidos en las dictaduras de Franco, Pinochet y Videla, afirman que la memoria, en la medida en que probablemente develará el involucramiento de miembros de las Fuerzas Armadas, líderes políticos, agentes del Estado, en casos como el exterminio de la Unión Patriótica, los falsos positivos, conducirá de nuevo a la guerra. Por esta razón, concluyen que es necesario negar, como lo hace Darío Acevedo desde el Centro Nacional de Memoria Histórica, la existencia del conflicto político armado interno y sus millones de víctimas.

Algo similar es lo que hicieron aquellos que Reinhard Koselleck denomina historiadorcillos. “Órdenes supremas estipulan lo que la historia debe pagar por haber sucedido” (Droysen) o en términos de poesía política: “Os apoyáis en la historia,/ no buscaís lo que debeís,/ encontráis lo que queréis/ ¡y lo llamáis la historia!” (Hoffmann citado por Koselleck, 2004).

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