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David E. Santos Gómez
Columnista

David E. Santos Gómez

Publicado el 24 de marzo de 2015

El organismo que a nadie importa

La Organización de Estados Americanos eligió a un nuevo secretario general después de diez años y a nadie le importó. Pasó de agache en los medios de comunicación y en los corrillos del análisis político. ¿La razón? La OEA ha dejado de importarle al mundo desde hace muchos años. Es un organismo incompetente.

El nuevo jefe es el uruguayo Luis Almagro, quien reemplazará desde el próximo 26 de marzo al chileno José Miguel Insulza, “el insulso de Insulza”, como lo llamaba Hugo Chávez en sus horas de rabietas diplomáticas y altanerías continentales.

Quizá el venezolano tenía razón. Vacío, incapaz o diplomático, lo cierto es que el secretario saliente deja a la OEA en condiciones lamentables, sin dientes para hacer cumplir sus propuestas, hundido en problemas económicos y eclipsado por cuerpos hemisféricos como la Unasur o la Celac. Venezuela misma, en épocas de bonanza petrolera, cansada de lo que consideraba un organismo manipulado por Estados Unidos, movió el timón y la chequera para dinamitar su influencia y lo logró. Ya nadie le hace caso a la OEA o, lo que es peor, nadie siquiera le pide su opinión.

Almagro aceptó el cargo para el cual, como en un cuento triste, nadie más se presentó. Fue el único candidato a una silla camino al colapso. En su discurso de agradecimiento llamó a la unidad del continente, pidió el apoyo de los países miembros y pronosticó nuevos aires por venir. Nada nuevo. Todo muy blanco y transparente en una época latinoamericana gris, de preocupaciones por las negociaciones de paz colombianas en La Habana, la creciente violencia en México o el autoritarismo elevado del gobierno de Nicolás Maduro.

Y es que es justamente el silencio y la incapacidad de la OEA frente al desmadre venezolano el que le ha hecho más daño. Su mutismo durante más de una década y media de deterioro institucional gracias al gobierno bolivariano, hizo que el organismo pasara a un segundo plano. Ese es el gran reto de Almagro, dejar de ser un secretario pintado en la pared.

La verdad, no tengo demasiadas esperanzas. En las primeras palabras del nuevo jefe, el asunto venezolano ni siquiera mereció una frase, una idea o una recomendación. Eso nos revela que no hay un panorama distinto y, por el contrario, puede que estemos presenciando el cambio de piel de un cuerpo que retiene idéntica su alma.

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