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Francisco Cortés Rodas
Columnista

Francisco Cortés Rodas

Publicado el 13 de octubre de 2020

El país de los callados

Patria, la novela de Fernando Aramburu (Tusquets Editores), que ha sido llevada a la televisión en HBO, me ha hecho pensar en las similitudes de los años de sangre y horror que han sufrido España con el terrorismo etarra y Colombia con la violencia de las Farc, el Eln, los paramilitares, etc.

Las semejanzas van más allá de la violencia y el terrorismo. El 20 de noviembre de 2011, ETA anunció que renunciaba a la lucha armada y decidió actuar sólo en el campo político; el 24 de noviembre de 2016 las Farc firmaron el Acuerdo Final para la terminación del conflicto armado y la construcción de una paz estable y duradera. ETA asesinó en su medio siglo de vida a 864 personas. En Colombia se calcula que como consecuencia del conflicto armado interno, hubo más de doscientas mil muertes. ETA depuso las armas porque fue vencida por la policía y la guardia civil, es decir por el Estado de derecho. Las Farc renunciaron a la violencia para negociar con el Estado sin que ninguna de las dos partes hubiera sido derrotada por la otra en la confrontación armada. ETA pidió perdón lamentando el “sufrimiento desmedido” y reconoció su “responsabilidad directa” en el daño causado, pero su perdón fue a medias, pues lo dirigió solamente a las “víctimas sin participación directa en el conflicto”, asunto que indignó a muchos. Las Farc están iniciando el proceso del perdón, generando indignación en unos y esperanza en otros. Es un proceso duro, complejo.

En la novela de Aramburu, el perdón atraviesa toda la trama. La acción transcurre en un pueblo vasco, donde dos familias, muy cercanas, empiezan a odiarse por causa de ETA que en su despliegue de violencia contra los despreciables “españolistas” cobra la vida del empresario Txato.

Desde que Bittori, la viuda de Txato dice a Joxian, padre de Joxe Mari, el supuesto asesino, —“Pregúntale la próxima vez que lo visites en la cárcel si fue él quien disparó. Necesito saberlo rápido ya que no voy a vivir mucho tiempo” (234)— la situación se hace más tensa en la familia de Joxian y en el pueblo. Joxian pide a Bittori no revolver esas aguas. Ahora hay paz. Lo mejor es olvidar. El infame párroco, don Serapio, aconseja a Bittori que se marche, pero ella necesita saber cómo murió su marido, sobre todo quién le disparó.

Es Arantza, la hermana de Joxe Mari, el etarra preso, quien entra a jugar un papel fundamental al intervenir para que este se decida a pedir perdón a la viuda, logrando que se produjera un cambio en los sentimientos internos del terrorista, quien así le escribió a Bittori: “Os pido perdón a ti y a tus hijos. Lo siento mucho. Si pudiera dar marcha atrás al tiempo, lo haría. No puedo. Lo siento. Ojalá me perdones. Ya estoy cumpliendo mi castigo” (630). En suma, sin verdad no hay perdón y el perdón depende de la mínima satisfacción de las demandas de justicia.

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