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El poder se tragó el ser

$Creditonota

Por Lucía Jaramillo Mesa

Universidad Eafit
Ciencias Políticas, semestre 7
ljaram60@eafit.edu.co

Decía Saramago, escritor portugués, que el humano es un ser que está constantemente en construcción, pero que también, y de manera paralela, en un estado de destrucción. A finales de los años setenta y principios de los ochenta comienzan a aparecer de manera casi irremediable varios tipos de actores en el territorio colombiano, cada uno con una visión muy diferente de poder, pero también del ser; los omnipotentes, los espectadores y las víctimas.

Los primeros, creyentes de poseer un poder descomunal e inequívoco. Los segundos, espectadores cómodos de una historia ajena que podrían, con el tiempo, distorsionar. Y los terceros, ligados al constante castigo de revivir, obligados, además, a luchar con el desconocimiento, el abandono y la indiferencia. A partir de estos tres actores es que comienza a darse a conocer el término de memoria histórica: un término ambiguo en un país incierto, o viceversa: un término incierto, en un país ambiguo.

La memoria histórica comienza a aparecer en la agenda cultural, política y social en el momento en que su connotación de histórica deja de ser rigurosa, y es reemplazada por selectiva. Quizá, cuando los colombianos, finalmente, sienten la necesidad de reconstruir un pasado ignorado.

¿Qué tan paradójico es vivir en el país con la “democracia más estable” de América Latina, si contamos igualmente con el periodo de conflicto armado más amplio del continente? La democracia es la antítesis de la guerra, dirían. ¿Será, entonces, que decidimos qué catalogar y qué recordar? La memoria histórica debería, pienso yo, tener la misma connotación de sagrada que tiene la Iglesia católica para aquellos que deciden aplastarla.

Las generaciones venideras cargarán en sus hombros la enorme responsabilidad de narrar, ojalá con rigurosidad, la historia del país con la democracia más larga de Latinoamérica, donde el ser fue, y es, la víctima constante del poder.

*Taller de Opinión es un proyecto de
El Colombiano, EAFIT, U. de A. y UPB que busca abrir un espacio para la opinión
joven. Las ideas expresadas por los columnistas del Taller de Opinión son libres y de ellas son responsables sus autores. No comprometen el pensamiento editorial de El Colombiano, ni las universidades
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