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Francisco Cortés Rodas
Columnista

Francisco Cortés Rodas

Publicado el 17 de noviembre de 2020

El populismo al banquillo

Donald Trump pateó la mesa y tiró al piso todo en pedazos, la Constitución, las tradiciones electorales democráticas y el Estado de Derecho; gritó por Twitter que ganó las elecciones, fabricó un supuesto fraude electoral en su contra y ha sembrando dudas en su base votante hasta el punto que el 70 % de los republicanos no cree que la elección fue libre y justa. Las instituciones democráticas de los Estados Unidos han sido sometidas a la prueba más dura en más de un siglo durante el gobierno de este presidente que ha sido considerado por muchos críticos como “autoritario”, “fascista” y “demagogo populista”.

Pero el triunfo de Joe Biden y Kamela Harris frena el impulso destructor de la democracia encarnado en esta figura agresiva y vulgar y en su populismo de extrema derecha, xenofóbico y excluyente. Por ahora terminó la pesadilla de los últimos cuatro años, la cual resultó del desafecto creciente que se ha dado en las últimas dos décadas hacia este sistema, de la apertura a alternativas autoritarias y del desconocimiento de normas elementales de la democracia liberal.

Lo que estamos viendo en estos días permite plantear nuevamente la pregunta ¿el populismo destruye la democracia o la profundiza? El populismo apela a la noción de soberanía popular, argumentando que el pueblo es la única autoridad que tiene el derecho de evaluar y legitimar el sistema político. Para los populistas es necesario superar la relación política de representación que se da entre el pueblo y el parlamento para establecer una relación directa entre un poder ejecutivo que apela directamente a las masas y busca construir procesos de voluntad popular más democráticos. De este modo sustentan la omnipotencia del pueblo expresada a través del líder populista, que quiere decir, la supremacía de la política y su prioridad sobre el derecho. En este paso está el gran peligro.

Los populistas tienden a reclamar que el Estado de derecho y el sistema de frenos y contrapesos no solamente limita la capacidad del pueblo para ejercer su poder colectivo, sino que también origina un profundo descontento con el sistema político (Mudde, 2012). El problema del populismo, de izquierda y de derecha, al pretender superar la relación política de representación entre el pueblo y el parlamento, ha sido la transferencia de la soberanía popular a la autoridad del líder presidencial, lo que lleva a instalar gobiernos autoritarios, como los de Trump, Orban, Erdogan o Maduro. En la realización de esta transferencia son muy similares el populismo de derecha y el de izquierda. El primero es fascista, el segundo es autoritario.

El populismo de derecha ha colapsado. Pero, ¿puede tener todavía algún sentido el populismo de izquierda tras el fracaso político de regímenes como el de Maduro? Podría ser, pero es necesario que se reconozca el fracaso que produjeron estas aventuras populistas al romper la institucionalidad del Estado de derecho, plantear el asunto de cómo transformar las sociedades para alcanzar una mayor igualdad, y proponer en otros términos el asunto de la profundización de la democracia.

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