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Jorge Ramos
Columnista

Jorge Ramos

Publicado el 03 de febrero de 2022

EL REGRESO DE ÍNGRID BETANCOURT

Íngrid Betancourt me dijo una vez que ella iba a ser presidenta de Colombia y que, luego, me invitaría a la Casa de Nariño para darme una de sus primeras entrevistas. Y nunca lo ha dudado. De hecho, en la última conversación que tuvimos hace unos días me aseguró: “Te lo voy a cumplir”.

Con Íngrid he tenido una larga conversación que ya dura más de veinte años. La conocí el 15 de enero del 2002 en Miami, poco después de haber lanzado su campaña presidencial en Colombia. Estaba llena de energía y de sueños. Su lenguaje era directo, rebelde y marcado por la indignación de ver a su país sumido en la violencia, la pobreza y la corrupción. Y aunque el candidato que iba a ganar era nada menos que el controversial y poderoso Álvaro Uribe, la propuesta de la senadora Betancourt atraía a millones de colombianos.

Pero treinta y ocho días después de haberla conocido, Íngrid fue secuestrada por las guerrillas de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc). Su libro No hay silencio que no termine es una valiente, honesta y devastadora narración de los horrores y abusos que vivió durante seis años y ciento cuarenta días de cautiverio.

“Estoy muy cansada”, me dijo Íngrid desde París, poco después de ser liberada en julio del 2008 en un temerario rescate —Operación Jaque— realizado durante el segundo mandato de Álvaro Uribe. Lo único que ella quería en ese momento era recuperar el tiempo perdido con sus hijos, Lorenzo y Melanie.

Íngrid pasó los siguientes años viajando entre París y Nueva York —donde vivían sus hijos— y más tarde estudió teología en la Universidad de Oxford. Todo mientras se recuperaba de los daños y traumas causados por su brutal secuestro. Pocos han explorado como ella, en primera persona, los temas del perdón y la reconciliación. Su charla TED sobre lo que aprendió en cautiverio respecto al miedo y la fe ha sido vista por casi un millón de personas.

Por todo lo anterior, muchos creyeron que nunca regresaría a la política. Pero se equivocaron. Las cosas han cambiado mucho en Colombia en estas dos décadas. Algunos no le perdonan a Íngrid haber iniciado el proceso para reclamarle al Estado colombiano más de seis millones de dólares por su secuestro. La realidad es que, al final, nunca presentó la demanda.

Ahora saltemos al 2022. ¿Puede ganar Íngrid la presidencia? Es complicado. Ella se ha retirado de la Coalición Centro Esperanza por diferencias sobre el financiamiento de las campañas de otros precandidatos. Y ha lanzado su propia candidatura independiente con su Partido Verde Oxígeno.

Antes del anuncio de la candidatura de Íngrid, el candidato izquierdista Gustavo Petro lideraba en las encuestas entre una veintena de candidatos. Pero una encuesta del Centro Nacional de Consultoría indica que el treinta y dos por ciento de los cuatrocientos encuestados dijo que sí votaría por ella. Si de algo estoy seguro es que Ingrid —quien encontró su voz hace mucho— no se va a quedar callada.

¿Por qué regresaste a Colombia?, le pregunté recientemente. “Yo creo que es una declaración de amor”, me contestó. “Mi papá decía que todos nosotros tenemos un vector de vida y que uno lo va construyendo con las decisiones conscientes e inconscientes que toma. Y mi vector es, definitivamente, servirle a Colombia”.

Íngrid considera que su candidatura es una “opción diferente” ante los extremos políticos que representan el candidato Gustavo Petro y el expresidente Álvaro Uribe. “Ellos han hecho del país una especie de campo de batalla, dominado por la corrupción”, me explicó. “Los colombianos hemos vivido desde hace décadas divididos, matándonos entre nosotros, insultándonos... El cambiar el destino, el rumbo de Colombia, implica unir a los colombianos, superar esas división y esos odios y sembrar amor”.

Colombia nunca ha tenido a una presidenta. ¿Es este el momento? “Yo creo que este es el momento de la mujer”, me dijo. “Y creo que Colombia necesita una visión de mujer para hacer los grandes cambios, las grandes transformaciones de fondo que necesita nuestro país”.

Los críticos de Íngrid pueden decir muchas cosas, pero pocos en Colombia han vivido —y sufrido— tanto como ella. Eso no necesariamente la convierte en la mejor candidata. Pero sí le da una perspectiva y profundidad que otros no tienen. Este retorno requiere de un gran sacrificio a nivel personal.

“Me siento muy feliz, muy identificada con mi alma, al estar aquí luchando por los sueños de los colombianos”, me dijo antes de despedirse. “Si uno no tiene la fe en que las cosas pueden cambiar, pierde la vida un poquito su sentido”.

Íngrid quiere terminar lo que empezó. Su misión aún está incompleta. Y no podemos olvidar que, en el pasado, quienes han apostado contra ella han perdido 

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