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Juan David Escobar Valencia
Columnista

Juan David Escobar Valencia

Publicado el 26 de septiembre de 2022

El ridículo mundo de los que se creen importantes

Con mucha razón dijo el poeta y dramaturgo T. S. Eliot, en su obra The Cocktail Party, que “La mitad del daño que se hace en este mundo se debe a las personas que quieren sentirse importantes”.

No sé si es que yo no ponía mucha atención en el pasado, era muy condescendiente o no estábamos infectados con la presencia activa de tantas carangas e idiotas empoderados; pero eso ya no es así. Es inevitable sentir que estamos invadidos y falsamente dirigidos por una tribu de resentidos e ignorantes con pretensiones, que intentan curar sus deficiencias neuronales con sobredosis de soberbia —que, como la cocaína, ahora resultó supuestamente menos peligrosa que el gas natural—, la que los hace sentirse artificialmente grandes e importantes. Con razón San Agustín, que de joven fue propenso al halago y a la fama, nunca estuvo equivocado cuando dijo: “La soberbia no es grandeza, sino hinchazón; y lo que está hinchado parece grande, pero no está sano”.

Tal vez ahora, cuando vemos el país a poca distancia y tiempo de su destrucción, sea imposible no sentir que estamos en manos de perfectos ignorantes, de idiotez sólida y sin fisuras, pero autoconvencidos de su inteligencia e importancia sin igual, que hastían inmediatamente al oírles o verles cuando regurgitan en público sus supuestas genialidades en toda parte donde puedan salpicar a otros con sus bestialidades, así sea en la plaza pública de uno de nuestros pueblos más humildes o en el podio del enorme salón de un edificio entre las calles 42 y 48 de Manhattan, salón donde todos hablan, pero al parecer nadie escucha, y tal vez sea mejor que así sea para que el mundo y ese edificio no se derrumben.

Ni en la peor pesadilla iba a uno imaginarse que la “ignarocracia” existía de verdad y no era solo un término hipotético que podría servir para denominar al “gobierno de los ignaros”, así hayan sido graduados en las universidades, lo que, como ahora vemos, no es vacuna contra la idiotez.

La gente importante no son esas carangas exhibicionistas que, sumergidas en sus delirios de “grandeza” y también en los “trémens” —cuando deben abstenerse de sus vicios—, creen que pueden compensar con el acceso a altos cargos su poquedad y el no ser ni hoy ni nunca algo más de lo que sus reducidas condiciones naturales les permiten. La gente realmente importante son aquellos que en la humildad de su quehacer diario y particular, asumido con alegría, responsabilidad y sin la opción de tomar atajos éticos, dan ejemplo a todos y se esfuerzan, estoicamente si es preciso, por cumplir sus sueños individuales, hacer mejores a los suyos y apoyar solidariamente a los menos afortunados, pero sin graduarlos de parásitos ni patrocinar a los irresponsables; y como dijo Eliot, para terminar por donde inicié, los que luchan por hacer lo útil, decir lo valiente y contemplar lo bello 

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