Juan José Hoyos
Columnista

Juan José Hoyos

Publicado el 25 de marzo de 2019

EL SECRETO DE LOS INDIOS DEL AMAZONAS QUE TRANSFORMÓ LA CIRUGÍA

Era una rico y excéntrico caballero que vivía en una mansión construida en una isla, en mitad de un lago, en el norte de Inglaterra. Sus biógrafos cuentan que le gustaba vestirse de espantapájaros; que durante las cenas, se escondía debajo de las mesas y, fingiendo ser un perro, les mordía las piernas a los comensales; que era un escalador compulsivo: se trepaba a los árboles más altos a leer. En una visita al Vaticano, trepó hasta la cruz de la Basílica de San Pedro y colgó sus guantes en un pararrayos; apenas el Papa se quejó de su comportamiento, volvió a escalar la cruz para descolgarlos. Una vez, en las selvas de Guyana, montó sobre el lomo de un caimán. Cuando ya estaba viejo, los vecinos lo veían pasear descalzo por su isla en compañía de una burra.

Se llamaba Charles Waterton y era descendiente de una familia de nobles católicos que dio a la Iglesia ocho santos. Nació en 1872. Es una leyenda en la historia de la medicina por su contribución al descubrimiento de la anestesia. La BBC le rindió un homenaje en su serie “Dolor, pus y veneno: la búsqueda de medicamentos modernos”.

A lo largo de la historia, los venenos fueron utilizados para quitar la vida, pero hasta el siglo XIX se sabía muy poco cómo actuaban en el cuerpo humano. Waterton se obsesionó por desentrañar ese misterio. En 1804, zarpó de Inglaterra para hacerse cargo de las propiedades de un tío en Guyana y aprovechó su estadía para recorrer las selvas de la Amazonia buscando un veneno que los indígenas usaban en sus dardos y flechas para inmovilizar y matar a sus presas, según le había contado un explorador británico.

Unos años después, se enteró de que la tribu Macushí, en el sur de Guayana, cerca de la frontera con Brasil, poseía el secreto de ese veneno. Entonces, fue a visitarla. En su diario, Waterton cuenta que el veneno era llamado Wourali por los nativos y ponía fin a la vida de las presas con tanta suavidad que estas parecían no sentir ningún dolor.

El veneno era preparado con sustancias provenientes de una vid venenosa mezclada con pimiento, jugos de raíces y tallos de otras plantas, los venenos de dos clases de hormigas cuyas picaduras producían fiebre, y los colmillos machacados de dos serpientes venenosas.

Cuando regresó a Inglaterra, Waterton descubrió que el ingrediente clave era una planta llamada strychnos toxifera. El compuesto recibió el nombre de curare. Entonces se unió a dos veteranos médicos ingleses para averiguar cómo mataba a sus víctimas. En un comienzo, probaron el veneno en un gato. Luego, experimentaron con un animal más grande. La elegida fue una burra a la que le inyectaron suficiente curare como para matarla. Cuando dejó de respirar, con un cuchillo le abrieron un hueco en la tráquea y le insertaron un fuelle para bombearle aire. Después de dos horas, la burra se recuperó y abrió los ojos. Apenas dejaron de bombear, se desvaneció de nuevo. Volvieron a reanimarla. Finalmente, la burra se levantó y caminó sin mostrar dolor ni agitación.

El experimento mostró que el curare es un relajante que paraliza los músculos voluntarios, pero no afecta otros involuntarios y cruciales para la vida, como el corazón. Esto permitió a los cirujanos descubrir años más tarde que si se puede mantener a un paciente respirando, sobrevive, mientras su cuerpo queda inmóvil y relajado por el curare.

La burra ―llamada Wourali― vivió otros 25 años, paseando por la isla con su amo, descalzo. Waterton vivió 26 años más. Siguió trepándose a los árboles. Murió a los 83 años, a causa de una fractura que sufrió en una caída.

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