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Juan José García Posada
Columnista

Juan José García Posada

Publicado el 10 de febrero de 2020

EL TAPABOCAS, NUEVA PRENDA DEL VESTUARIo

Antes era extraño y casi asustador ver a una persona en un lugar público protegida por una mascarilla. Parecía una visión distópica. El uso de esta pieza estaba reservado al personal de la salud y muy en especial en los quirófanos. Por eso se llama también máscara quirúrgica, así como barbijo, cubrebocas o tapabocas. Ha sido un recurso aséptico para frenar o atenuar el riesgo de contagio viral.

Las que eran escenas de series televisivas tan inquietantes como la legendaria del Doctor Kildare que veíamos hace más de medio siglo en blanco y negro, han saltado de las pantallas a la vida real. Y en estos días no sólo se trata de personas que habitan en áreas o ciudades declaradas en cuarentena como Wuhan en China, donde parece que se acunó el temido coronavirus. Aquí en Medellín cada vez hay más ciudadanos que usan tapabocas, en las congestionadas salas de espera de los centros de atención médica y en medio del frío polar de los supermercados, así como en calles y parques. Cada día se extiende más el uso de la mascarilla y cada vez sorprende menos a los transeúntes, del mismo modo que es menos infrecuente la oxigenodependencia con el auxilio de cánulas conectadas a pipetas portátiles.

Medellín es todo lo que se pondere como ciudad verdecida y amable, amañadora para los visitantes, poblada por gente simpática y hospitalaria a pesar de los problemas consabidos, pero se ha vuelto peligrosa y hostil por el alto grado de contaminación del aire. Con el riesgo de ser calificado de ingrato con mi propia ciudad, a veces siento que es espléndida para venir a pasear en época de vacaciones, montar en Metro y disfrutar los atractivos del comercio, pero cada día menos soportable para vivir. Les propongo a los colegas, que indaguen por el incremento de los servicios domiciliarios de oxígeno y la multiplicación de las enfermedades de las vías respiratorias, incluída la tremenda neumonía.

Sin ánimo de alarmar, ni más faltaba, pero en una actitud realista que espero sea comprensible por las circunstancias actuales, sería pertinente y útil esa pesquisa periodística. Mientras tanto, no es excesivo recomendar la normalización del uso de tapabocas y pañuelos para atenuar la propagación de virus y bacterias en el aire sucio, impuro, que mal respiramos, porque además no son pocos los individuos que tosen y estornudan encima de los demás, con imprudencia y hasta con descaro insultante. Los diseñadores y confeccionistas de vestuario, en esta urbe que porta el título justo de capital latinoamericana de la moda, bien pueden comenzar, si no lo han hecho, por ingeniar modos novedosos de presentación estética de esa prenda protectora que va siendo ineludible quién sabe hasta cuándo.

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