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P. Hernando Uribe
Columnista

P. Hernando Uribe

Publicado el 31 de enero de 2020

El tesoro de la luz

Luz es una palabra hermosa, hermosura que se agiganta sin medida al saber por revelación que “Dios es luz y en él no hay tiniebla alguna” (1 Jn 1,5). Por eso, toda forma de luz resulta embriagadora, comenzando por la luz de la aurora, “en que el espíritu está, según san Juan de la Cruz, suavísimamente quieto, levantado a luz divina”. Acontecimiento cada vez más extraño al hombre del siglo XXI, a quien la luz artificial le está robando el disfrute de la alborada.

En el evangelio de Lucas aparece Simeón, “hombre justo y piadoso”, a quien acompaña el presentimiento de la luz, el de que no vería la muerte sin haber visto al Mesías. Este hombre va al templo movido por el Espíritu Santo. De repente, traen a Jesús para presentarlo, y Simeón, como en éxtasis, toma al niño y lo arrulla en sus brazos: “Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto a tu Salvador, luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo, Israel” (Lc 2, 29-32).

Simeón es un hombre culto, si entendemos por cultura la relación de amor consigo mismo, con los demás, con el cosmos y con Dios, y así la relación de amor con Dios determina el comportamiento de amar todo sin apego a nadie ni a nada. De finísima sensibilidad, Simeón vive la más dichosa de las venturas, la de anticipar el cielo en la tierra al encontrarse con Jesús en el templo, y por eso entonar un canto que todo creyente sigue cantando lleno de emoción: “Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz”.

Sin ojos, ¿para qué luz? Sin luz, ¿para qué ojos? La luz, el mayor tesoro de la creación. Quien lee se queda absorto: “La ciudad celestial no necesita de sol ni de luna que luzcan en ella, porque la claridad de Dios la ilumina, y su lucerna es el Cordero” (Ap. 21, 23). Máxima aspiración del hombre, cultivar los ojos para mantener una mirada limpia. La luz viste cada cosa de la majestad divina, hasta la noche, iluminada por la luna y las estrellas.

Sublime que mis ojos me vuelvan semejante a lo que veo. “Ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es” (1 Jn 3,2). Dos de febrero, fiesta de la Candelaria, la fiesta de la luz por excelencia, anticipo del paraíso .

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