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Arturo Guerrero
Columnista

Arturo Guerrero

Publicado el 24 de febrero de 2021

El virus y los sueños

En el sueño somos los inquietantes otros. Ese ser volante que recorre comarcas sin marca es el otro yo del que creemos verdadero. Pero ¿cuál de los dos es más cierto? ¿A cuál versión de nuestro nombre le podemos adjudicar la personalidad que figura como identidad en la cédula de ciudadanía?

Esta cavilación ha sido más aguda a lo largo de la pandemia. En efecto, gentes que nunca soñaban o que no recordaban los sueños, se vieron asaltados de repente por la presencia de nocturnos fantasmas de sí mismos. El encierro puso a soñar a los que antes solo hacían vacíos paréntesis de ocho horas.

Debió de influir la sucesión de días iguales a los días. La monotonía prolongada de cuatro paredes, más una ventana, tal vez volcó sobre la noche el tropel vedado de las aventuras. Entonces regresaron los antiguos amores, que reverdecieron en calidad de deseos reprimidos o de eventos que habrían podido vivirse pero no tuvieron oportunidad.

También aparecieron los temores. Incluso ocasionaron temblores y sabor amargo en la lengua al amanecer. Fieros espectros, que alguna vez lejana habían sido controlados, regresaron en las noches confinadas, para cobrar cuentas. Mostraron cicatrices entreabiertas, asuntos no saldados.

En vista de que en la cotidianidad era imposible conversar con personas diferentes al círculo cercano, se agolparon en los sueños contertulios de humo que hicieron de las suyas con impunidad. Por eso los amaneceres se volvieron pesados, difíciles. El nuevo día, tan similar a la víspera, se levantó como territorio hostil.

Los espejismos recién estrenados fueron represalia de la psiquis ante la falta de contactos cercanos de todo tipo. Se podía luchar contra el contagio echando mano de las medidas sanitarias, acertadas o arbitrarias, pero nadie se preocupó por defender a los ciudadanos contra el embate de los sueños reprimidos.

Si no se dio importancia a los daños mentales generados por la larga situación viral, mucho menos se cuidó de analizar y prevenir el rastro de pánico originado por el asalto de lo onírico. “Los sueños, sueños son”, parece ser la consigna pragmática asumida.

Lo más grave es que ningún laboratorio anuncia que la vacuna en curso venga proveída de algún ensalmo que libre a la población de la arremetida peligrosa de los sueños

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