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Alberto Salcedo Ramos
Columnista

Alberto Salcedo Ramos

Publicado el 18 de enero de 2015

El vocero de la “chumbimba”

Esta semana Fabio Echeverri Correa, expresidente de la Asociación Nacional de Industriales, volvió a la palestra con una de sus típicas declaraciones irresponsables.

En una entrevista concedida al periódico El Universal de Cartagena soltó esta perla: “Que las chuzadas son graves, pero ¿por qué son graves? (...) Por mí que oigan a todo el mundo. A mí no me importa que me chucen”.

Echeverri considera la intimidad ajena como bisutería. De modo que hay que interceptarle los teléfonos a “todo el mundo”. Como para él seguimos en las cavernas, los derechos son letra muerta.

Echeverri debería saber que su declaración es, por lo menos, insensata. Si el país atendiera su sugerencia viviríamos en un régimen de terror y barbarie. Campearía la extorsión, crecería el desprecio por la honra de los demás, y con seguridad se envilecería aún más nuestra política.

Pero todo eso, insisto, le tiene sin cuidado. Él se mueve en un mundo donde solo cuentan sus intereses. Lo demás –libertades individuales, estado de derecho, valores de la civilización– es irrelevante.

Echeverri sabe que la prensa tiene una especial debilidad por las declaraciones altaneras. Por eso se ha pasado la vida generando noticias de primera plana sin más argumentos que su incontinencia verbal.

Hagan el ejercicio de buscar las noticias que ha producido en su larga vida pública: no encontrarán titulares relacionados con algún aporte concreto para la sociedad. En cambio se toparán con un montón de frases incendiarias pronunciadas ante los micrófonos. A los 81 años sigue fiel al libreto: escupiendo cada tanto una declaración estrafalaria para llamar la atención y figurar en los medios.

En esta materia nunca se ha contenido. Un día llegó al extremo de decirle al periodista Édgar Artunduaga que lo que se necesita para arreglar a Colombia es “chumbimba”.

“Chumbimba”, recordemos, era la palabra favorita del narcotraficante Pablo Escobar. La usaba como sinónimo de “matar”. El país la conoció con espanto un día en que la Policía reveló una conversación telefónica entre Escobar y sus lugartenientes. En la grabación los sicarios le contaban a su patrón que habían atrapado a un matón enviado por el Cartel de Cali, y Escobar les respondía: “denle chumbimba, mijos, denle chumbimba”.

Es descorazonador –y peligroso– tener líderes que planteen ese tipo de propuestas. Si Echeverri fuera capaz de ver el país más allá de sus intereses mezquinos, entendería que nuestros males no se han derivado de la ausencia de chumbimba, sino de su exceso. Aquí hemos tenido escaseces de arroz, de escuelas, de agua potable, pero jamás nos han faltado balas, doctor Echeverri.

Nuestra eterna desgracia se debe a que hay mucha gente que, como usted, vive convencida de que hay que dar chumbimba. Dársela a los demás, por supuesto, pues usted y sus correligionarios se creen elegidos por los dioses y, por tanto, no aceptarían recibir su propia medicina.

Echeverri siempre arroja sobre la realidad una mirada clasista y frívola. En la misma entrevista donde pidió chuzarle el teléfono a todo el mundo señaló que Santos gobierna mal porque no ha desempolvado la figura de “los notables”. El país ideal para él se reduce a eso: una montonera que recibe chumbimba y unos gentiles que toman las decisiones.

Ese elitismo lo lleva a ser incoherente, pues para él lo que prima no es la ley, que tanto dice defender, sino las conveniencias. Él se daba golpes de pecho en nombre de la importancia de las reglas, pero cuando se puso a impulsar la reelección de Álvaro Uribe Vélez dijo cínicamente que tan solo había que “cambiar un articulito” de la Constitución.

De modo que Fabio Echeverri Correa, a quien la revista Semana calificó como “el rambo” de los gremios colombianos, ha sido más que un charlatán inofensivo: un personaje dañino por cuanto ha contribuido a generar exclusión y odio .

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