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Juan José García Posada
Columnista

Juan José García Posada

Publicado el 13 de junio de 2022

Elegir lo menos peor

Como están las cosas en la política nacional pocas jornadas antes de las elecciones, ya carece de sentido la alternativa mesurada y pragmática de escoger el mal menor, sobre la cual teorizó el profesor canadiense Michael Ignatieff. Hablar del mal menor en vísperas de la elección presidencial es un contrasentido. Sería aceptable si al menos una de las opciones fuera de verdad tan buena, justa, conveniente y saludable como para contrastarla con la otra. Es decir, si uno de los dos candidatos aventajara al otro por la calidad y consistencia de sus programas y por sus dotes probadas de estadista y prospecto de buen gobernante.

Lo peor, de acuerdo con la acepción gramatical, es lo más contrario a lo bueno o lo conveniente. En el Diccionario se significa, en la denominación de peor, que lo que se propone por remedio o solución de algo lo empeora. Pa pior la mejoría, es un dicho muy popular y expresivo, igual a es peor el remedio que la enfermedad. Y cuando disminuyen hasta esfumarse los argumentos políticos y la ponderación de razones consistentes que justifiquen una elección por la coherencia con el bien común, entran en juego las motivaciones morales, éticas y estéticas. Estéticas, muy ligadas a las pautas de mercadeo político y propaganda. Un candidato puede ser mediático, así no convenzan ni sean preponderantes las condiciones de su discurso y su proyecto. Hoy en día se usa el vocablo narrativa, tan inadecuado como complejo. La narrativa de un ciudadano que aspire a ser elegido puede atraer, sugestionar, entretener, pero es insuficiente como prueba de idoneidad y competencia. Y en cuanto a las motivaciones morales y éticas, sí que tienen que estar pesando a medida que se aproxima el día decisivo.

Las revelaciones videográficas sobre tácticas y estrategias repugnantes, para quemar, derrotar a los contradictores con mentiras, exageraciones y artificios calumniosos e injuriosos que sugestionan a votantes elementales, apasionados y sectarios, muestran un primitivismo político bárbaro, una maldad monstruosa, una negación de límites morales y éticos. No hay guerra sucia, sino cochina, que despoja una campaña de argumentos civilizados y no ofrece como opción tolerable la del mal menor, sino la de lo menos peor. Más todavía, la distinción se hace, como decía Victor Frankl, entre las dos únicas razas humanas, la decente y la indecente. Y es obvio que si ya no se escoge con criterios de lógica y conveniencia políticas, la decisión de cada ciudadano se concentra en lo ético y lo antiético, lo moral y lo que destruye la estructura moral, entre el bien y el mal. Entre lo peor y lo menos peor.

Tener que elegir lo menos peor para no abstenerse o para no votar en blanco es un modo extremo de sostener lo que hemos entendido por democracia. Es legítimo aspirar a esa suerte de premio de consolación, mientras puedan salvaguardarse valores esenciales como la libertad, la justicia y las maltrechas paz y seguridad 

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