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Arturo Guerrero
Columnista

Arturo Guerrero

Publicado el 27 de enero de 2021

Elkin Obregón, libre en sus libros

Habría que hacer la lista de personas de edad que han muerto, no de coronavirus pero sí como efecto lateral del mismo. Este año ha sido pródigo en estas noticias fulminantes. “Fue un infarto”, dice por teléfono una voz conocida, como si cualquier muerte no se definiera precisamente por paro en el corazón.

El hecho es que eran personas que sobrellevaban sus años con serenidad, incluso con alegría y arranque. Tal vez con alguna comorbilidad -¡qué tal esta palabreja mustia!-, pues en esta tierra macabra es una lotería que a alguien no se le hayan pegado hipertensión o diabetes.

Habrían permanecido con mucha probabilidad dando lora otros años, lustros. Pero los cogió la pandemia y ¡Zas! Encierro por fuerza, asfixia debajo del tapaboca, clausura del aire libre de los parques, y lo peor: corte radical de risa, convite y descarga con los amigotes.

La cotidianidad se les redujo a una cuarta parte de lo que era siempre. Como si en vez de transitar por toda la casa los hubieran enclaustrado en la habitación de los chécheres. Sin luz ni vista ni un retazo de cielo por donde adivinar los pájaros.

Para rematar, las noticias. La cantaleta de cada hora con la masacre de turno, las cuentas de contagiados, desmovilizados acribillados, medidas biosanitarias contradictorias cuya veracidad hay que comprobar al minuto. Tanto espanto no cabe en un cerebro sano. El entorno, pues, desvaloriza la vida y convoca la muerte.

El fallecimiento del artista múltiple Elkin Obregón el domingo anterior en Medellín es paradójico, pues se escapa parcialmente de este contexto. Nació y vivió sus ochenta años en la misma casa paterna cercana al centro. Más aún, en la misma buhardilla de su terca biblioteca, a la vez sitio de pulir textos y trazar caricaturas y retratos, de hospitalidad de contertulios, de aguardiente, cigarrillo y humor permanentes.

¿Efecto lateral del virus? Quién sabe. Con su barba blanca que crecía desde la época del Renacimiento, este profeta libre gozaba parapetado en una soledad supranatural. Sus cercanos de los periódicos La Hoja y Universo Centro, la librería Palinuro, la clausurada tienda Su Desayuno siempre admirarán la gracia y finura de sus escritos y de su labia desparpajada. Medellín y Antioquia lo tendrán como una presencia más allá del bien, del mal y del virus

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