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Elbacé Restrepo
Columnista

Elbacé Restrepo

Publicado el 20 de noviembre de 2022

En memoria

Mi hermano Francisco Luis, el del hablar pausado, se ha ido de este mundo en medio del silencio que tanto le gustaba. Este acontecimiento, que no por esperado ha sido menos doloroso, me cogió lejos del nido. Al momento de salir de mi casa para un paseo familiar planeado con mucha antelación, yo sabía que a mono, como le decíamos, no lo encontraríamos de regreso. Me fui con el corazón apretado, pero convencida de que vivir sin padecer no era una opción para su cuerpo enfermo. En cada una de las velas que encendí pedí para él un final sin dolores, un apagarse en calma, como se apaga el sol tras el horizonte cada atardecer. Y así fue.

Llegar a México y encontrarme a cada paso un altar para rendirle tributo a la memoria de los muertos, me acercó con delicadeza a esta nueva realidad, no para celebrar la muerte, sino para recordar con amor a quienes les llegó el turno primero. A mono lo tuvimos presente en cada flor de cempasúchil, originaria de ese país, que desde la época prehispánica utilizan para decorar la fiesta de los muertos. Según las creencias, los pétalos de la flor guardan el calor del sol e iluminan el camino de las almas hacia la otra vida. Un símbolo de vida y muerte, de memoria y gratitud, porque “nunca muere quien siempre es recordado”.

La primera lección de honestidad práctica la recibí de él cuando trabajaba en una empresa constructora. Una vez, terminando de pasar un trabajo a máquina (sí, así de old), me quedé sin hojas tamaño carta. Como eran tiempos sin Rappi Favores, creí que mono podría ser mi salvación, así que lo llamé a la oficina y le pedí que me llevara unas hojitas de block para terminar de pasar mi trabajo. “No, yo no puedo”, me dijo con su seriedad acostumbrada. “¿Por qué?”, le pregunté desconsolada. “Porque nada de lo que hay en esta oficina es mío”, me respondió. ¡Tas, tas! Recogí mi dignidad del piso y, colgando el viejo teléfono de pared, sentí que al otro lado de la línea estaba el hombre más honrado del planeta. Desde entonces, cada vez que estalla un escándalo de corrupción, o sea a diario, mi corazón quiere explotar de orgullo por esas hojas ajenas que no llegaron a mi máquina.

Algo de su sensibilidad social nos transmitió. Siendo muy joven sacaba las cobijas de la casa para dárselas a los habitantes de calle, hasta casi desmantelar el escaparate de la ropa de camas. Y nos presentó algunos artistas que, según mi mamá, cantaban “unas misas ahí todas raras”: Silvio Rodríguez, Joan Manuel Serrat, Quilapayún, Inti Illimani, Pablo Milanés, Mercedes Sosa...

Fue muy bonito haber coincidido con él en este plano. Fue muy honroso compartir con él los apellidos, los recuerdos y la vida misma. Que a falta de cempasúchil, la luz de Farallón ilumine el camino hacia su nueva dimensión.

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