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Carmen Elena Villa Betancourt
Columnista

Carmen Elena Villa Betancourt

Publicado el 31 de marzo de 2020

En una plaza vacía...

“En una plaza vacía nada vendía el vendedor...”, así comienza la célebre canción de Mocedades. Confieso que cuando la escuchaba se me erizaba la piel solo de pensar que una plaza pudiera estar vacía en pleno atardecer. Hoy, cientos de plazas que normalmente han estado atiborradas de gente, ahora solo ven pasar uno que otro transeúnte que anda con salvoconducto o quizás algún animal que podrá estar preguntándose ¿y dónde andan los humanos?

Miles de personas alrededor del mundo vimos el pasado viernes en directo una de las tantas plazas vacías: la de San Pedro en Roma. Era una tarde lluviosa y en medio de ella salió el Papa Francisco, quien usualmente es saludado con efusividad (a veces de una manera no muy delicada) por tantísimos fieles que llegan allí de todos lados. Pero el viernes caminó como si se tratase de un peregrino más. Y con la voz entrecortada y conmovido hasta lo más profundo comenzó a hablar...

Nos recordó en este discurso extraordinario que antecedió la bendición Urbi et Orbi el famoso pasaje bíblico de la Tempestad Calmada (Mc 4, 35 – 41), luego de que los discípulos de Jesús, navegando en medio de la tormenta le preguntan si no le importaba lo que estaba pasando.

“La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas”, dijo el Papa. Y son momentos como el que vive la humanidad los que nos enfrentan con nosotros mismos porque nos despojan de aquello que considerábamos esencial. Son ocasiones dolorosamente privilegiadas en las que se nos invita a cambiar aquello que no está bien en nosotros. Se convierten pues, como dijo el Papa en “un momento de elección”. Quizás tendremos que adoptar una vida más sencilla, quizás sea un llamado para pensar más en los demás. Valoraremos más la presencia física de nuestros seres queridos y descubriremos que actividades tan cotidianas como salir al parque o desplazarnos para ir a trabajar, hacen parte del milagro diario de vivir. Estos tiempos de pandemia pueden ser una oportunidad para que redescubramos en el silencio de nuestros hogares “lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es”.

Y mientras que la mayoría de nosotros permanecemos en casa, podemos valorar el trabajo silencioso y a la vez heróico de aquellos que no pueden guardar la cuarentena: “médicos, enfermeros y enfermeras, encargados de reponer los productos en los supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas y tantos, pero tantos otros que comprendieron que nadie se salva solo”, mencionó el Papa en su discurso. Este es también un tiempo para destacar la nobleza de quienes se quedan en casa: “madres, abuelos y abuelas, docentes muestran a nuestros niños, con gestos pequeños y cotidianos, cómo enfrentar y transitar una crisis readaptando rutinas, levantando miradas e impulsando la oración. (...). La oración y el servicio silencioso son nuestras armas vencedoras”.

En una plaza vacía estuvimos millones de hombres y mujeres representados (no solo católicos sino también todo aquel que quiso unirse en oración). Ojalá no se nos olvide el tiempo que estamos viviendo y ojalá una vez pasada esta tormenta, la humanidad ya no sea la misma y que podamos “reencontrar la vida que nos espera, mirar a aquellos que nos reclaman, potenciar, reconocer e incentivar la gracia que nos habita”.

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