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The New York Times
Columnista

The New York Times

Publicado el 03 de agosto de 2021

¿Es mala persona por ver los Olímpicos?

Por Sasha Mudd

Los Juegos Olímpicos de Tokio han sido más polémicos de lo habitual por cuestiones éticas. La alarma por el creciente número de casos de covid-19 y la profunda impopularidad de los Juegos entre los japoneses se asientan sobre las preocupaciones perennes sobre la corrupción, las trampas, el abuso de los atletas y el impacto ambiental de montar un evento tan enorme.

A pesar de todo eso, los Juegos están en marcha, y para la mayoría de la población mundial solo queda una decisión moral por tomar: ¿Ver o no ver?

Por supuesto, los espectadores no ven los Juegos para respaldar intencionalmente un sistema corrupto. Los observan para celebrar nuestra humanidad común, asombrarse por la excelencia atlética y presenciar el drama de los sueños olímpicos que se frustran o se hacen realidad. Pero al optar por ver los Juegos Olímpicos, ¿damos un visto bueno tácito al espectáculo, con problemas éticos y todo?

En el centro de esta preocupación está la idea de que simplemente por elegir entretenernos con algo que implique una mala conducta, nos convertimos en cómplices de ella. Pero ¿qué tan preocupados deberíamos estar?

Cuando una persona hace daño directamente a otra, tenemos un caso simple de malhacer. Alguien es cómplice cuando causa daño indirecto al estar involucrado en las malas acciones de otros. La complicidad de participación, como podríamos llamarla, generalmente implica pequeñas contribuciones a la maldad colectiva, que ocasiona grandes daños. El hecho de yo comer carne no causa por sí mismo los daños asociados con un planeta que se calienta, pero contribuye a un patrón de comportamiento colectivo que sí lo hace.

Cuando vemos la competencia de 400 metros estilo libre o la de salto con pértiga en la televisión, ¿nos convertimos en cómplices de esta manera? En este caso, felizmente, el espectador promedio está libre de problemas. No importa cuántos miles de millones de nosotros sintonicemos, cada acto de visualización en conjunto no se suma a más infecciones de covid-19 en Japón ni a actos de trampa, abuso o desperdicio.

Pero hay otro tipo de complicidad de la que podríamos preocuparnos. Llamémosla complicidad de tolerancia. No implica participar en malas acciones, sino tolerarlas y parecer respaldarlas o no denunciarlas.

Considere un ejemplo extremo: la matanza de gladiadores en la antigua Roma. Si bien el asesinato de humanos por deporte es reprobable moralmente de una manera que los Juegos Olímpicos claramente no lo son, muestra cómo la tolerancia y la complicidad a través de la audiencia pueden ser moralmente incorrectas. Ahora nos parece que los romanos se equivocaron al observar la sangre. Al hacerlo, la audiencia se convirtió en cómplice de una cultura moral que aceptaba el asesinato como espectáculo.

¿Así que esto dónde nos deja a quienes estamos emocionados por sintonizar los eventos en Tokio? ¿Frente a la posibilidad de apagar el televisor?

La acción colectiva, en forma de boicots, puede ser una herramienta efectiva para registrar la desaprobación moral y evitar la complicidad de tolerancia. Pero no se ha organizado algo semejante, y nosotros, los televidentes comunes, cansados de 18 meses de olas y encierro, estamos entusiasmados por ver el show. ¿No tenemos derecho a un poco de placer como espectadores?

Yo alegaría que sí. No todas las malas acciones equivalen a un asesinato. Y los Juegos Olímpicos también inspiran a miles de millones, celebran e incentivan logros sobresalientes, fomentan la amistad global, crean empleos, estimulan la inversión pública y mucho más.

Quienes están en condiciones de enviar un mensaje claro son los gobiernos, los anunciantes, los patrocinadores corporativos y, por supuesto, los propios deportistas. Pueden levantar un puño o arrodillarse, y muchos lo están haciendo. En un mundo injusto, a veces no hay forma de actuar sin hacer daño o ser cómplice de él. Un objetivo más razonable, pero aún más exigente, sería evitar las acciones incorrectas individuales.

Los deportistas olímpicos nos ofrecen un ideal de superación y determinación ante la adversidad. El conocimiento de que somos en cierta medida cómplices nos entrega una especie de adversidad moral que podemos superar a través de esfuerzos renovados para involucrarnos en nuestro mundo profundamente defectuoso. Elegir ver los Juegos, a pesar de todos sus defectos, es perfectamente compatible con estos esfuerzos.

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