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Jorge Giraldo Ramírez
Columnista

Jorge Giraldo Ramírez

Publicado el 01 de julio de 2019

Escena

Antioquia, 2019, restaurante de carretera. Llega una camioneta grande, aunque no deslumbrante, de aquel color que, dicen, se conoce como “gris Medellín”; como si el alma parroquial se dejara ver mejor en el automóvil que en el vestuario. Placa de Medellín. La conductora se apea, una joven, de rubio artificial y ropa casual, cara. Del asiento de atrás bajan dos hombres jóvenes muy altos, blancos, y una joven de pelo negro. No tienen cien años entre los cuatro. La puerta del copiloto cerrada.

La conductora entra al restaurante y se dirige hacia uno de los empleados. Un joven como ella; moreno, eso sí, más bajo, también. El empleado hace ese suave gesto dubitativo, que usamos a veces, de rascarse la cabeza, aquí, cerca de la corona. Dura un instante y enseguida se lanza presto hacia la camioneta, abre la puerta del copiloto, se demora, mientras yo miro la escena. Cuando vuelvo a mirarlo, trae entre sus brazos, a duras penas, a otra joven, blanca, cabello negro. Mientras los hombres jóvenes y las otras dos mujeres jóvenes, blancos, atléticos, con ese atletismo de “no lavo un plato, pero voy al gimnasio cuatro veces a la semana”, miran al joven empleado, bajo y moreno ir de la zona de parqueo a una mesa del restaurante con la amiga de ellos cargada.

Ya están los cinco en la mesa, conversan. Uno de los hombres parece ser extranjero. Piden el servicio, tranquilos. A mí la cara se me llena de indignación. ¡Es el siglo XXI! ¿Existe una psicología natural del patronazgo y la servidumbre todavía? ¿En Antioquia, la igualitaria y democrática? ¿Qué clase de mentalidad tienen estos jóvenes? ¿Cómo se comportan en su casa? Porque la actitud natural de los protagonistas de la escena es muy reveladora. Los muchachos no creyeron que eran ellos quienes debían cargar a su amiga; de hecho, ni lo intentaron; conversaron distraídamente como si no fuera asunto suyo. La conductora necesitaba que su amiga bajara a almorzar; alguien debía hacerlo. Pero no dio muestras de que se le pasara por la cabeza que lo hicieran ese par de hombres sanos, fuertes, de su misma condición social. En el restaurante hay un hombre joven, bajo, moreno, que le parece que sería el tipo ideal para el trabajo.

Pienso por un instante en increparlos, pero me contengo. Treinta años de experiencia en investigación sobre el crimen me han enseñado a desconfiar de los carros caros, la gente bien vestida y las caras bonitas. Voy a la caja a pagar mi cuenta. Me recibe el empleado que ha hecho la tarea de carguero que, tal vez, algún antepasado mío o de él haya hecho durante la Colonia. Le pregunto qué pasó y le digo que eso no estuvo bien hecho. Me dice, confundido, que sus compañeras pensaron lo mismo.

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