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Juan José García Posada
Columnista

Juan José García Posada

Publicado el 24 de febrero de 2020

ESTE PAÍS TIENE LOS ÁCRATAS QUE MERECE

El poder paralizante y desestabilizador que tienen los ácratas es apabullante y parece inevitable. Individuos y facciones que no tienen representatividad legítima pero se arrogan la condición de portavoces de la voluntad general, pueden hacer y deshacer a su amaño. Entre tanto, la llamada sociedad civil, la de las sedicentes mayorías silenciosas, vive atemorizada, rendijeando presa de miedo a través de los postigos a ver qué pasa en las calles.

Las viejas y gastadas fuerzas vivas guardan silencio cómplice. Saben que las asistiría la razón si organizaran movilizaciones multitudinarias para advertirles a los anarquistas que ¡Basta ya!, como hicieron en España contra la Eta, pero optan por mantenerse en su zona de confort, confiadas en que los gobernantes resuelvan, sin respaldo ciudadano notorio, los brotes ya habituales de alteración de la paz urbana y violencia callejera.

Y tales expresiones de una obvia estrategia depredadora se apoyan en líderes bien intencionados que protestan y en el estímulo promocional y divulgativo de algunos medios periodísticos ingenuos y patidifusos, que no atinan a decidir de qué lado están, si tienen o no compromisos éticos y responsabilidades cívicas ante las ciudades y el país en que habitan y si además del derecho a la información han contraído también el deber de defender la institucionalidad, la normas constitucionales y legales, las reglas del simple sentido común que nos vinculan a todos para respetar la autoridad, por encima de las diferencias de cualquier clase. De algunos medios que se engañan al optar por la propagación y la maximización de pequeños episodios noticiosos que impactan y explotan la fibra emocional de las audiencias, mientras ocultan otros hechos de real importancia informativa.

En líneas generales, acracia es sinónimo de anarquismo. El ácrata es un tipo que no reconoce ninguna autoridad, ninguna norma que regule la convivencia entre los asociados. Para el ácrata no hay coerción legítima que valga. El concepto de convivencia carece de sentido para aquel que no admite que el respeto al derecho ajeno sea fundamental para asegurar el discurrir pacífico de una sociedad. El ácrata pretende justificar sus acciones en aras de la destrucción de lo establecido, de la negación de los avances y progresos que se alcancen a pesar de las imperfecciones y los errores de los gobernantes.

El ácrata abusa de la indiferencia, la negligencia, la indolencia y la pusilanimidad de los ciudadanos. La acracia entraña una radical incitación a la deslealtad con la ciudad, con la región, con el país y con quienes se esfuerzan por construirlo. Para el ácrata, la ética política es una ridiculez o una antigualla. Pero la realidad está en que por la inercia de los indiferentes, los negligentes, los indolentes y los pusilánimes, un país tiene los ácratas que merece .

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