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Publicado el 15 de agosto de 2022

Filosofía de emergencia

Por barriga de sapo - @juanmgiraldor

Mientras la Colombia profunda se debate entre la indignación y la indiferencia por los impuestos al Chocorramo, en las esferas tecnocráticas los economistas de salón discuten con regla y compás los aciertos y desafueros de la primera tributaria del petrismo.

La discusión pública discrimina entre el milímetro y la pulgada y vuelan por los aires desde “papers” de Harvard hasta “memes” anónimos con cálculos sobre el crecimiento estatal. De vez en cuando un buen chiste salva la jornada, pero en materia de frenos reales al embate político no hay mucho que rescatar. La instrucción universitaria adicta al índice de Gini y los cronistas de coyuntura armados con sus calculadoras de bolsillo nos tienen enfrascados en una discusión de números, en una corraleja de los datos que cumple todas las normas del Icontec.

Pero el debate de fondo es conceptual y no de números. Más que las propuestas concretas del petrismo, el problema son sus ideas generales. Ideas que se exhiben con orgullo por todas partes y de las que nace un actuar injusto en nombre de la justicia. Conviene, creo yo, aprenderlas a refutar de tajo, para lograr mayor control político (como le gusta a la academia), para incomodar al poder (como le gusta al periodismo), y para defender la libertad personal (como le gusta al progresismo). La demolición de las bases filosóficas del actual gobierno es la mejor manera de incomodarlo y la única estrategia de largo plazo para sacarnos del “camino de servidumbre” que ya empezamos a recorrer junto con Chile y con Argentina.

Vamos con la primera idea: la lucha contra la diferencia. Una lucha que requiere corrupción del lenguaje para tener éxito y que empieza inventando palabras. Si se analiza bien, hay algo raro en el término “desigual”, pues el verdadero antónimo de igual es diferente, no desigual. Este nuevo adjetivo es innecesario y convierte en estático un proceso dinámico que avanza por diferencias. La diferencia, vía positiva, señala y certifica que alguien está haciendo las cosas distinto y de manera más productiva. Importante recordar lo obvio: cuando la creatividad se aplica al trabajo, la mejor noticia para el bienestar social es el descubrimiento de nuevos niveles de productividad. El estancamiento en la igualdad productiva no tiene mucho sentido y nos hace daño a todos; y progresar con posiciones patrimoniales exactamente iguales no es viable, como caminar saltando con los pies juntos.

Es mucho más coherente y sabio celebrar la diferencia, el mérito innovador de hacer las cosas distinto. Comprender esto hace toda la diferencia, le permite a la ciudadanía atisbar el engaño populista que lesiona la formación de capital en nombre de doctrinas igualitarias.

Necesitamos filosofía, y filosofía de emergencia; no para divertirnos, sino para desnudar la tiranía de la igualdad que si no la frenamos puede terminar convirtiendo a Colombia en un inmenso Gulag. Un Gulag humanitario donde los únicos que ganan son los políticos

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