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David E. Santos Gómez
Columnista

David E. Santos Gómez

Publicado el 11 de mayo de 2022

Francia como Europa

El triunfo de Emmanuel Macron en las presidenciales de Francia, que le garantizó su reelección y el gobierno por cinco años más, está cargado de matices y nos delinea de manera interesante la actualidad de la democracia europea. Aun con las particularidades de cada nación —sumidas en diferentes grados de crisis económicas, sociales, sanitarias y bélicas—, la mayoría leve obtenida en las urnas por el centro francés, el crecimiento de la derecha de Marine Le Pen y la sorpresiva recomposición de la izquierda encabezada por Jean-Luc Melenchon marcan una pauta interesante en las tendencias partidistas del continente.

A pesar de la derrota sufrida en segunda vuelta, incluso por un porcentaje superior al esperado, el aumento de votos de la derecha de Le Pen expone una realidad que ya no sorprende a nadie en el mundo: el fortalecimiento del conservatismo más rancio. Tras difuminar un poco sus propuestas más radicales y apostarle a un nacionalismo no vergonzante, la candidata de Agrupación Nacional logró una ampliación de su base votante al mostrarse ahora como una mujer cercana, familiar, del común, a la que no le hacen mella ni su pasado ultra ni las abiertas contradicciones de su discurso, en el que la hipocresía parece ser ya una marca registrada de su lenguaje demagógico —por ejemplo, saltó sin sonrojarse de aplaudir a Vladímir Putin a admirar a Volodímir Zelenski—.

Del otro lado del espectro, con un histórico socialismo francés muy golpeado, la izquierda de Melenchon ha dado un zarpazo para reconstruir bajo su sombrilla la oposición al nuevo mandato de Macron. Con un altísimo porcentaje de abstención y un triunfo de la reelección sustentado en buena parte por el miedo social a la extrema derecha, la izquierda considera que tiene mucho espacio desde el cual construir un futuro ascenso al ejecutivo. Por ahora, y mientras lo consigue, se opondrá al proyecto gubernamental en ejercicio y a la idea de ser sustento de la Unión Europea. Lo particular de esta propuesta de unidad de las izquierdas, como no se había dado en casi dos décadas, es que uno de los ejes bajo el cual se sostiene es el euroescepticismo declarado, que plantea, incluso, desconocer la reglamentación de la Unión. Otro golpe al europeísmo, que vive sus horas más complejas.

Con este panorama programático amplio, lo que se viene para el reelecto Macron es el tránsito por un delgado camino entre dos veredas que se cierran para impedirle su avance. La derecha incendiando el país y la izquierda atacando la idea de unidad continental. Y de allí sale nítida la imagen de una compleja realidad europea que no encuentra las coordenadas de su rumbo ni tiene clara la meta a la que desea llegar. Un continente atomizado en facciones que ponen en riesgo la construcción del multilateralismo por el cual —en algún momento ya lejano— fue reconocido como faro de la ahora agujereada democracia liberal 

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