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P. Hernando Uribe
Columnista

P. Hernando Uribe

Publicado el 14 de junio de 2019

Gloria al Padre

El creyente comienza su oración diaria así: “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, y la concluye diciendo: “Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo”, de modo que la Santísima Trinidad es el corazón de su fe. El Padre engendra eternamente al Hijo en la comunión del Espíritu Santo.

Al hablar de Dios usamos el lenguaje humano con sentido simbólico, en que símbolo es una cosa que remite a otra. Hablamos de Dios como si fuera un hombre, como cuando decimos Dios Padre, Dios Hijo. Padre e hijo, palabras humanas, aplicadas a Dios adquieren sentido divino, de modo que Dios Padre no se parece a un papá, éste se debe parecer a aquel.

El hombre sabe qué significa Padre en Dios en la medida en que Dios mismo se lo revela. El orante puede pasarse minutos y aun horas repitiendo en voz alta, en voz baja, o sin ruido de palabras: “Gloria al Padre”, y cuanto más concentre su atención en lo que dice, el Padre se le irá revelando.

Un día Jesús, después de resucitar, se apareció a los discípulos y les dijo: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan y hagan discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mateo 28,19). El bautismo, inmersión del hombre en Dios, comienza en el vientre materno y culmina en la muerte, en que el ser humano entra definitivamente a formar parte de la familia trinitaria.

La fiesta de la Santísima Trinidad es la celebración de la riqueza inconmensurable de la vida cotidiana. Sor Isabel de la Trinidad lo sabía muy bien al orar así: “¡Oh Dios mío, Trinidad a quien adoro! Ayúdame a olvidarme enteramente de mí para establecerme en ti, inmóvil y apacible como si estuviera ya en la eternidad”.

Para sor Isabel la eternidad es Dios, el cielo, el lugar al que llega todo el que muere, y que San Agustín entendía muy bien al afirmar: “Después de esta vida, Dios mismo es nuestro lugar”. Al morir entramos en el mundo de la intemporalidad e inespacialidad de Dios.

La sublime oración de Sor Isabel termina así: “¡Oh mis tres, mi Todo, mi eterna Bienaventuranza, Soledad infinita, Inmensidad en la que me pierdo! Me entrego a ti como víctima. Sumérgete en mí para que yo me sumerja en ti hasta que vaya a contemplar en tu luz el abismo de tus grandezas”.

Maestra consumada de oración, Sor Isabel de la Trinidad.

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