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Juliana Restrepo Cadavid
Columnista

Juliana Restrepo Cadavid

Publicado el 01 de mayo de 2022

Grandes expectativas

El viernes fui a las primeras calificaciones presenciales de mis hijos después de la pandemia y hablé con sus profesores tête-à-tête. Por la tarde, en el metro, repasé todas las conversaciones que tuve ese día y me puse a pensar en educación y a recordar un día más lejano en el que estábamos Lili, Jose, Pao y yo —ellos estaban diseñando un colegio desde cero— y hablábamos de los factores que más afectaban el desempeño escolar.

Sobre esos factores podría escribir muchísimas columnas asumiendo posturas diferentes. Defender el aprendizaje basado en proyectos y el aprendizaje activo. Defender la interdisciplinariedad. Criticarla. Defender la educación más tradicional en la que los niños escriben párrafos con ortografía y gramática perfectas, leen libros clásicos, se aprenden poemas de memoria, hacen todos los ejercicios del álgebra de Baldor y recitan nombres y capitales de países. Criticarla. Defender la educación que prepara para los exámenes estatales. Defender una educación sin exámenes. Defender la basada en conocimientos. Defender la basada en competencias. Argumentar qué competencias son las que deben promover. Incluso podría compartir ideas sobre cómo un aula aprende de lo que ocurre en el museo y cómo un museo puede aprender de lo que ocurre en el aula (esto último es bien bonito).

Ese día Jose me mencionó por primera vez el efecto Pigmalión en la educación. Su nombre viene del mito griego en el que un escultor se enamora de una de sus estatuas, que al final cobra vida. Se refiere al potencial que ejerce una persona en el rendimiento de otra. En 1968, Robert Rosenthal y Lenore Jacobson, un psicólogo y una rectora, hicieron un experimento en una escuela primaria. Al principio del año, los estudiantes presentaron exámenes de inteligencia. Luego escogieron de forma aleatoria 20 % de ellos y le informaron a sus profesores que tenían un potencial intelectual inusual. Ocho meses después, cuando volvieron a hacer los exámenes, descubrieron que los estudiantes que habían sido calificados de excepcionales y que habían tenido un año permeado por grandes expectativas por parte de sus profesores eran ahora los mejores.

El efecto Pigmalión muestra que las expectativas de los profesores pueden tener un efecto grande en el desempeño de los estudiantes. Subir la barra, creer en alguien, lo potencia. Las expectativas son, pues, un asunto crucial y son, además, más baratas que repartir computadores, cambiar currículos e introducir materias de la cuarta revolución industrial o hacer aulas hipertecnológicas basadas en las nuevas formas de aprender. No requieren shows mediáticos de nuevas metodologías de aprendizaje.

Yo agradezco enormemente cuando mis hijos se encuentran con profesores que entienden su esencia y que tienen grandes expectativas de lo que pueden llegar a ser 

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