Hace poco recibí un regalo delicioso: La Santa Fe de Merceditas, un libro del periodista Juan Carlos Sepúlveda sobre la vida de Merceditas Gómez Martínez. Y digo delicioso porque lo degusté igual que un paquete de Chokis: sin poder parar pero sin querer llegar a la última bolita.
De Merceditas dice el autor que fue “la primera y hasta ahora la única mujer santafereña que con tanta pasión y costumbrismo ha escrito sobre su tierra y sus gentes”, a lo que yo añadiría otras propiedades: con nostalgia, con orgullo y con un alto sentido de pertenencia.
Entre muchas otras actividades, Merceditas fue miembro de número del Centro de Historia de Santa Fe de Antioquia, primera directora del Museo Juan del Corral, “notaria de las costumbres” de su pueblo y maestra durante muchos años. “Era tan saboreada la clase (de geografía) que a uno le parecía que estaba en una excursión por Europa, Asia u Oceanía”, dice una de sus alumnas. Además, con un estilo sencillo, ameno y muy gracioso, fue corresponsal y escribió artículos para El Colombiano entre 1961 y 1978, año de su muerte.
En mí, la lectura despertó gran admiración y muchas carcajadas.
Merceditas mantuvo una posición dura contra los cambios en las tradiciones de la sociedad que trajo la década de los sesenta del siglo 20, cuando las normas y las costumbres tuvieron una sacudida tan fuerte que se sintió en el mundo entero, en contraste con la sociedad regulada y moralizadora de antes en la que ella se movía y que hubiera querido atrapar en un talego para siempre.
Fue la época de la píldora anticonceptiva, que dio a la mujer libertad sexual y dominio de su cuerpo con total autonomía y discreción; de los grandes movimientos de protesta como el de los hippies en los Estados Unidos de América o el movimiento de estudiantes parisienses, en mayo de 1968 contra la sociedad de consumo, contra el establecimiento tradicional, contra la autoridad de los padres y contra la moral estricta, o como se le quiera llamar. Sin duda, de estos procesos nació lo que se llamó la sociedad permisiva y liberada de la que tanto se lamentó Merceditas en sus escritos.
Entonces se quejaba de los términos modernos, que para su momento eran “pispa”, “charra”, “chévere”, “estar tragado”, “papi y mami” usados entre padres, madres, esposos, novios, hijos e hijas. Le costaba entender que las mujeres de su época se “desfeminizaran” por el uso de los “slaks” y se dolía de que por ello fueran tratadas sin galantería por los hombres.
Advertía que las casas se estaban quedando solas porque ya todas las mujeres querían ser doctoras para casarse con un doctor e irse a trabajar, y que los niños tenían más autoridad que sus padres por falta de castigo y temple.
Otras “bobadas” de su interés fueron los cambios curriculares, la pérdida de las sanas costumbres, la falta de valores y la carestía de la vida. ¡Y dizque los tiempos cambian!
Su amada Santa Fe ya no es la ciudad silenciosa de ayer, el Tonusco no es apto para baños y el calor sigue en su fina. Y al que no le guste... ¡”que se vaya para Rionegro”!
Gusto en conocerla, Merceditas. 36 años después de su muerte envidio su civismo y su tertulia, admiro su erudición sin alardes, su prosa sencilla y placentera y su ímpetu en la defensa de sus convicciones sin necesidad de atacar a nadie. ¡Maravilloso ejemplo de vida!.