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David Santos Gómez
Columnista

David Santos Gómez

Publicado el 05 de marzo de 2019

Improvisación y fiasco

Ni los titulares de periodistas conservadores amigos ni la hipócrita sonrisa diplomática pudo esconder la realidad: la segunda reunión entre Donald Trump y el dictador norcoreano Kim Jong Un, fue un fiasco de proporciones épicas.

El millonario, que alardea con su capacidad para terminar un conflicto histórico en la península asiática, se pavoneaba seguro de acabar con el programa nuclear de la dinastía comunista. Tuiteaba e insultaba dando lecciones sobre geopolítica a un auditorio inexistente. Decía que ya todo estaba listo. Que faltaba la firma sobre el documento. Citó a una rueda de prensa tras la reunión. Y al final: un chorro de babas.

Al apretón de manos y las fotos de rutina -ya desabridas por lo visto el año pasado- siguió un encuentro que avergonzó a la potencia. Las partes estaban muy lejos en sus propósitos como para llegar a un punto común. Ni siquiera estaban de acuerdo en el motivo que llevó al fracaso.

¿De qué sirvió la preparación y los funcionarios de cada lado que estuvieron semanas, meses, discutiendo los intereses de cada gobierno? Nadie sabe. Lo único evidente es que el republicano aceleró la discusión en lo que creía que era un espectáculo de telerrealidad.

El encuentro auspiciado por Vietnam resultó un reflejo patético y a gran escala de una presidencia que no entiende la dimensión de los compromisos. Con una corte de funcionarios que tratan de corresponder la megalomanía de su jefe, la política exterior estadounidense es una seguidilla de improvisaciones. Primero se anuncian triunfos y luego se trabaja para obtenerlos. No importa su dificultad. No cuentan los antecedentes. No hay respeto por el conocimiento de aquellos que ya lo intentaron. Trump además de estar erróneamente convencido de ser más astuto que aquellos que lo precedieron, involucra a su administración en los descalabros.

En momentos en los que la trama rusa cierra su cerco alrededor del presidente, el Salón Oval esperaba dar un triunfo rimbombante en política exterior que funcionara como cortinilla del escándalo que se aproxima. Pero no hubo tal. En geopolítica los éxitos, por pequeños que sean, se construyen lentamente y Trump no tiene paciencia. Por eso se lanza a la incertidumbre. Por eso inventa en la marcha. Porque en este mandato que él nunca esperó ganar, el tiempo se agota y ni siquiera hay confianza de llegar al 2021.

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