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P. Hernando Uribe
Columnista

P. Hernando Uribe

Publicado el 05 de marzo de 2021

JESÚS Y EL TEMPLO

El relato de Jesús en el templo es una página maestra de la literatura y la teología. Con motivo de la Pascua, Jesús subió a Jerusalén y “encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos”. Hizo un látigo y los sacó a todos, y desparramó el dinero de los cambistas, y les dijo: “No hagan de la Casa de mi Padre un mercado” (Juan 2, 13-16).

La personalidad de Jesús fue arrolladora. Se limitaron a preguntarle por qué obraba así, y su respuesta los dejó atónitos. “Destruyan este Santuario y en tres días lo levantaré”. Imposible realizar tal proeza en tan breve tiempo. Y la sorpresa fue mayor al decirles que “hablaba del Santuario de su cuerpo”. Al morir, Jesús resucitó, que fue llegar en cuerpo y alma a la plenitud de su vida divina.

El gesto excesivo de Jesús fue de elocuencia soberana. Bien conocía las entretelas del corazón, y por eso usó un lenguaje de contundencia inmediata, cuya eficacia afectó a todos por igual. Único modo de sobreponerse al mundo seductor de la codicia, el camino del envilecimiento humano. De ambición desmedida, el dios Dinero, de adoradores sin fin, busca hasta en el templo el puesto de honor.

El templo es la casa de Dios, el lugar donde Dios vive, habita, mora. Dios como Creador habita en cada una de sus criaturas. Y las criaturas, el hombre en especial, tiene su templo en el Creador, donde está llamado a vivir eternamente. Orar es cultivar la relación de amor con el Creador, la casa, el templo del orante, de la criatura, llamado también el paraíso, el cielo.

La pandemia está llevando al hombre del siglo XXI a interesarse en la casa donde vive, a hacer de ella un lugar limpio, ordenado, decorado y acogedor, donde da gusto morar, de modo que las relaciones familiares, conyugales, paternales, filiales y fraternales se llenen de transparencia afectiva, haciendo deliciosa la vida cotidiana.

Tengo una casa en la tierra y otra casa en el cielo. Y hago bien en cultivar desde ahora esta casa, este hogar, sabiendo que hogar significa fuego, el fuego del amor. Por amor hago acogedor mi hogar, la casa donde vivo, con la seguridad de que así estoy anticipando el cielo en la tierra. Forma prodigiosa de vivir ya en el tiempo la eternidad.

Yo, ser humano, soy un ser de símbolos. El acontecimiento realizado por Jesús en el Templo es una invitación a cultivar con solicitud el templo del Creador que soy yo

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