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Fernando Velásquez Velásquez
Columnista

Fernando Velásquez Velásquez

Publicado el 03 de febrero de 2020

LA CATÁSTROFE YA ESTÁ AQUÍ

Lo que acaba de suceder en Australia hace unas semanas, cuando murieron incinerados cerca de mil millones de animales y 10,3 millones de hectáreas de bosques y construcciones han resultado afectadas, es un llamado de alerta que no puede pasar desapercibido. Ese hecho no es aislado: fruto de las crecientes emisiones de gases de efecto invernadero producto de la quema de combustibles fósiles, la destrucción de los bosques, el uso de fertilizantes y la excesiva producción de residuos, el calentamiento global lleva a que los dos polos de la tierra antes cubiertos de hielo se derritan y aumenten las temperaturas; y, añádase, el agujero en la capa de ozono se incrementa mientras el planeta queda expuesto a los dañinos efectos del sol.

Con el incremento del nivel de los mares las poblaciones costeras se afectan y llegan los tornados y los maremotos; grandes sismos destruyen países enteros (solo dos ejemplos: el tsunami asiático de 2004 dejó más de 275 mil muertos; y hace diez años Haití, el país más pobre del mundo, fue arrasado y la calamidad dejó un saldo de cerca de 316 mil víctimas). A ello añádase: como el clima cambia la agricultura se trastorna y no hay alimentos.

Sin embargo, los esfuerzos de la comunidad internacional para tomar medidas drásticas que contribuyan a mermar los efectos del muy grave fenómeno son intrascendentes; el fracaso de la Cumbre de Madrid sobre el cambio climático, de finales del pasado año, es solo una muestra de lo señalado. Por eso, de nada sirvió que allí se congregaran más de 20 000 asistentes, en 113 mil metros cuadrados de pabellones y salas de conferencias destinados al efecto, lo que demandó una inversión de 50 millones de euros. La sensación de fracaso fue tan evidente, que el propio secretario general de la ONU, António Guterres, expresó sentirse absolutamente “decepcionado con los resultados”; algunas de las grandes potencias solo piensan en el lucro y en acumular cosas materiales.

Además, es evidente la falta de conciencia de los seres humanos sobre esta problemática y las medidas recomendadas por los expertos no se toman en cuenta: el reciclaje, la evitación del uso de plásticos −arrojados por doquier, al punto de que ya existe un verdadero continente flotante sobre los mares−, el no uso de químicos y fungicidas en la agricultura, la ganadería controlada, la preservación de los bosques, la reducción del consumo de energía, etc. En otras palabras: el homo sapiens actúa como si fuese inferior a muchas especies pese a su pretextada superioridad ética.

El planeta ya no es viable y la vida humana está seriamente amenazada; incluso, los esfuerzos por avanzar en la carrera espacial de cara a la búsqueda de otros mundos habitables donde este proyecto pueda continuar, también son infructuosos porque hoy es imposible viajar a través del cosmos a velocidades siquiera equivalentes a la de la luz, para llegar a esos añorados destinos. Además, nadie quiere escuchar a quienes invitan desde diversos sectores a reflexionar sobre estas problemáticas: las voces de los científicos se pierden en el vacío; convocatorias repetidas y amorosas como las del Papa Francisco ni siquiera tienen eco dentro de la propia comunidad católica; igual sucede con el accionar de organizaciones internacionales como Greenpeace. Y, sin ir muy lejos, en el contexto nacional a nadie le importa lo que a diario predica el escritor William Ospina.

Así las cosas, el cataclismo ya está instalado aquí y muy poco se hace para paliar sus nefastas consecuencias; el planeta, como lo predijo el gran pensador Stephen Hawking antes de su muerte, se convierte en una gran bola de fuego próxima a estallar; por eso, mucho antes del plazo por él señalado, acabamos de ver arder casi a un continente entero. En fin, para recordar la muy bella fábula de Samaniego, los seres humanos vamos a terminar como la lechera: llorando sobre la leche derramada.

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