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P. Hernando Uribe
Columnista

P. Hernando Uribe

Publicado el 09 de abril de 2021

La certeza más incierta

La pandemia nos va llevando, por su duración inimaginable, a ver la vida de otra manera, comenzando por nuestra ubicación en el tiempo y en el espacio. Nos está tocando vivir un verdadero diluvio universal. La historia que un día nos contaron, se nos está volviendo realidad. Desafío colosal para la inteligencia y la fantasía.

De nosotros depende ver el hogar como lo que verdaderamente es, el lugar donde arde el fuego del amor, donde cada uno, comprensivo y acogedor, vive con igualdad tranquila y pacífica, volviendo realidad la sabiduría popular: “De cualquier parte que sople el viento, el viento que sopla es el mejor”.

El último libro de Edgar Morin se titula: “Cambiemos de vía. Lecciones de la pandemia”. La incertidumbre es una de estas lecciones. Moran dice cómo la pandemia nos ha traído “un festival de incertidumbres”. En realidad, a este ser efímero que es el hombre, la incertidumbre lo ha acompañado siempre, mas, con motivo de la pandemia, la incertidumbre aparece con certeza creciente.

La pandemia nos está llenando de miedo a la muerte, como si ese fuera su cometido. En realidad, nada más incierto que la certeza de la muerte, y nada más cierto que la incertidumbre de la muerte. Aun los profesionales más avezados suelen equivocarse al diagnosticarla.

Para los místicos, como Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, vivimos moldeando la muerte con la codicia o el amor. El codicioso le tiene terror a la muerte, porque al morir le quita toda posesión. En cambio, el que ama, anhela la muerte con pasión, porque en ella alcanza la plenitud de su relación de amor con el Amado.

En un estadio avanzado de su espiritualidad, Santa Teresa escribe: “Ningún remedio ve sino la muerte, que con ésta piensa gozar del todo a su Bien” (Vida 29,2). El amor va moldeando la muerte. “Será gran cosa a la hora de la muerte ver que vamos a ser juzgados de quien hemos amado sobre todas las cosas” (Relación 40). Y, en la cumbre de su vida mística, Teresa escribe: “Temor ninguno tiene de la muerte, más que tendría de un suave arrobamiento” (Moradas 7, 3,7).

S. Juan de la Cruz canta arrobado en la cárcel: “Descubre tu presencia / y máteme tu vista y hermosura”. Versos que él mismo comenta: “No le puede ser al alma que ama amarga la muerte, pues en ella halla todas sus dulzuras y deleites de amor”.

“Y tan alta vida espero, / que muero porque no muero”. ¡Cantar sublime! Al morir acabamos de nacer

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