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Andrés Oppenheimer
Columnista

Andrés Oppenheimer

Publicado el 15 de junio de 2022

La cumbre de las oportunidades perdidas

El presidente Biden dijo en un discurso a los presidentes latinoamericanos reunidos en la novena Cumbre de las Américas que “no hay razón por la que el hemisferio occidental no pueda ser la región más avanzada, más democrática y más próspera” del mundo. Bueno, en realidad hay una razón: el populismo rampante.

Los patéticos roles que jugaron los presidentes de México, Argentina, Bélice y otros países en la cumbre hemisférica celebrada en Los Ángeles la semana pasada son solo el ejemplo más reciente de por qué la región no logra reducir la pobreza a pesar de sus enormes riquezas naturales y talentos humanos.

En lugar de aprovechar la ocasión de una reunión regional con el presidente de Estados Unidos —que se da solamente cada tres o cuatro años— para negociar colectivamente más exportaciones e inversiones, el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, boicoteó la cumbre porque Biden no había invitado a los gobernantes de Cuba, Venezuela y Nicaragua.

Aunque el presidente de Argentina, Alberto Fernández, asistió a la cumbre, usó su discurso para sermonear a Biden por no invitar a los dictadores latinoamericanos y otras presuntas falencias de Estados Unidos. En lugar de tratar de promover los intereses de su país, Fernández habló para la tribuna de su base política interna.

Biden, por supuesto, hizo lo correcto al no invitar a los dictadores de Cuba, Venezuela y Nicaragua. En primer lugar, como anfitrión de la cumbre, Biden tenía derecho a invitar a quien quisiera a su fiesta. Segundo, según una resolución de la Cumbre de las Américas de 2001, la reunión está reservada para países que respetan la democracia.

Y tercero, si los dictadores hubieran sido invitados, habrían secuestrado la agenda con acusaciones estrafalarias y hecho imposible que se discutieran seriamente temas de migración, comercio y cambio climático.

A pesar de todas las ausencias y discursos combativos, la cumbre alcanzó algunos acuerdos potencialmente significativos y concluyó con una “Declaración de Los Ángeles” sobre migración que fue firmada por 20 países y que prevé una “responsabilidad compartida” de todas las naciones para hacer frente a los flujos migratorios. Entre otras cosas, Washington y las instituciones financieras regionales se comprometieron a ayudar a países como México o Colombia a lidiar con la afluencia de refugiados venezolanos o haitianos, y los países latinoamericanos prometieron ayudar a Washington a monitorear a quienes planean buscar asilo en Estados Unidos.

Pero América Latina desperdició su mayor oportunidad en décadas, la de utilizar la actual crisis mundial para negociar un mejor acceso al mercado de Estados Unidos y más inversiones estadounidenses. La pandemia y la invasión rusa de Ucrania han interrumpido muchas cadenas de suministro de las fábricas de China a Estados Unidos, y han provocado una escasez mundial de petróleo, alimentos y otros productos básicos que abundan en América Latina.

Fue una oportunidad única para que los países latinoamericanos ofrecieran un acuerdo comercial y de inversión que las multinacionales estadounidenses trasladen algunas de sus fábricas de China a México, Brasil y otros países de la región. Un acuerdo como ese podría lograr que América Latina revierta su caída de casi el 35 % en inversiones extranjeras en los últimos diez años. Y habría ayudado a detener el creciente número de pobres en la región, que pasó de 176 millones de personas en 2010 a 201 millones el año pasado, según datos de Naciones Unidas. Pero en lugar de proponer acuerdos económicos para fortalecer sus economías y reducir la pobreza, varios presidentes usaron la cumbre para dar discursos populistas para sus audiencias domésticas.

Biden se equivocó: hay una razón por la cual la región no es una de las más prósperas del mundo, y es la falta de visión —o el narcisismo político— de varios de sus líderes 

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