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Rosa Montero
Columnista

Rosa Montero

Publicado el 22 de enero de 2023

La decisión

Tengo unas cuantas amigas jóvenes que están haciendo ahora la compleja travesía de la treintena. Y digo que es compleja porque es la década de La Decisión. Qué difícil frontera temporal tenemos las mujeres en la mitad del vientre, ese reloj implacable, esa clepsidra de sangre que se va vaciando tan deprisa. Y que aún parece correr más ahora, en estos tiempos en los que la treintena es casi una adolescencia muy tardía. Cómo, pero si todavía no he encontrado mi sitio en el mundo, si aún estoy buscándome y buscándolo todo, ¿y debo tomar ya La Decisión?, vienen a decirme mis amigas. Porque en la actualidad es bastante habitual que aún no tengan una pareja estable, o que, si la tienen, sea reciente, y que tampoco sepa bien qué hacer con su vida. ¡Como para ponerse de acuerdo en tener un hijo! He visto a muchas parejas derrumbarse por esto. Amores estupendos que se rompen porque el tiempo se acaba y el fantasma de los niños es como un veneno. Ya digo que el notorio retraso en maduración que estamos viviendo (que los 40 sean ahora como los antiguos 20) tampoco ayuda nada.

Por cierto, el reloj biológico también tictaquea para los hombres; diversos estudios han demostrado que una edad paterna avanzada (y con esto se refieren a más de 35 años, ojo al dato) aumenta los riesgos de los niños al nacer, como el peso bajo o las convulsiones, y también la tendencia del hijo a otras dolencias, como la esquizofrenia temprana. Pero de esto, claro, nunca se habla (y todavía se ha investigado muy poco). La maternidad sigue siendo uno de los territorios más colonizados por el sexismo.

Por eso el trance de La Decisión siempre es peliagudo. También en mi época lo fue. Y en la de todas. Creo que no debe de haber mujer sobre la Tierra que no tenga que plantearse esa pregunta en algún momento: ¿quiero ser madre o no? Bueno, me desdigo: algunas mujeres no pueden ni siquiera planteárselo, están sometidas a la rueda del emparejamiento obligatorio y la procreación. Pero quienes no padecemos esta trágica esclavitud siempre nos topamos, antes o después, con La Decisión, al margen de que nos consideremos heterosexuales, homosexuales o lo que sea. Para algunas, la crisis es desgarradora, porque la pulsión maternal es muy fuerte en ellas. Pero incluso aquellas mujeres que, como yo, nunca quisimos tener hijos, terminamos tropezando con el áspero reborde de la frontera; y así, cuando cumples 37, o 38, o 39, no puede por menos que parar y decirte: ahora o nunca. Y hay que elegir.

La gran Decisión está distorsionada por un sinfín de circunstancias. Por los prejuicios sexistas y la maternidad de chundarata que nos venden, por ejemplo; pero también por las nefastas condiciones sociales. Quiero decir que las cosas están tan mal organizadas que tener hijos sigue siendo un esfuerzo descomunal para la mujer, un sacrificio de su carrera profesional y de su vida. Y así, ha habido algunos avances tecnológicos, como las congelaciones de óvulos o las fecundaciones in vitro, que ayudan a suavizar un poco lo abrupto de la línea fronteriza. Pero en lo que no se ha avanzado casi nada es en la conciencia esencial de que tener hijos no es un asunto de mujeres. No es una cosa “nuestra” en la que haya que ayudarnos, pobrecitas: por el contrario, es algo en lo que nos jugamos todos la supervivencia. El futuro está en riesgo porque hay pocos niños. La humanidad entera está envejeciendo a pasos agigantados. Para 2100, se calcula que la casi totalidad de los países del mundo estarán por debajo de la línea de crecimiento. Con menos de 1,5 niños por mujer se produce un grave problema de sostenibilidad económica. El cambio social va a ser dramático. Digo yo que deberíamos empezar a tomarnos en serio que los hijos son un asunto de todos

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