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Juan David Ramírez Correa
Columnista

Juan David Ramírez Correa

Publicado el 09 de marzo de 2021

La democracia en modo cangrejo

Recuerdo a una profesora de la universidad que decía: “la democracia es lo menos malo que hay”. No se equivocaba. En un mundo donde cualquier cosa puede pasar (¿alguien se imaginaba vivir una pandemia?) los países mejor librados son los que han construido sus cimientos sobre la base de la democracia.

A la larga, la democracia representa un marco justo y conveniente. Eso dice la teoría y es a donde se debe apuntar, sin desconocer que ese marco adquiere fuerza e inercia gracias a la relación que se construye entre los gobernantes de turno y los ciudadanos para alcanzar los objetivos comunes. Un diálogo bajo la lógica del Estado de Derecho.

Entonces, si la democracia es lo menos malo ¿por qué hoy está en un punto crítico? La pregunta tiene sentido, pues la valoración del ejercicio democrático está en crisis. No lo digo yo, lo dicen análisis que indican cómo en los últimos años la democracia se ha debilitado, dando pie a otros abordajes políticos donde imperan los autoritarismos.

Un informe del centro de pensamiento Freedom House, especializado en la promoción de la democracia, muestra el aumento de líderes autoritarios y opresores a nivel global, llevando las libertades al plano del control por parte de unos pocos basado en el populismo y las decisiones a raja tabla, que dejan a un lado cualquier criterio electoral, participativo, deliberativo e igualitario, los cuales son constitutivos de la democracia.

El informe también muestra que, durante los últimos 15 años, la calidad de la democracia viene en franco retroceso. Claro, hay una tendencia a escoger líderes disfrazados de defensores de las democracias, quienes llegan al poder con una mezcla incoherente entre rasgos y prácticas democráticas, que termina con sabor autoritario.

Venezuela es un ejemplo. Lo que arrancó con Hugo Chávez como alternativa política bajo el usufructo del pensamiento bolivariano resultó ser un sofisma de distracción para crear un régimen opresor, que, en la actualidad, con Nicolás Maduro, raya en lo ridículo. Pensemos también en lo que pasó en los Estados Unidos con Donald Trump sin necesidad de entrar en detalles.

Claro, esas cosas no aparecen porque sí. Aparecen, entre otros, porque hay personajes que usan mieles embriagantes para polarizar a la gente con un grado alto de irracionalidad. Personajes que se valen de las redes sociales para taladrar con información acomodada a su antojo, información que no da pie a pensar. Basta con ver lo que hacen en redes sociales. Eso trae como consecuencia la desconfianza en las instituciones, que son la base de la democracia. Así pavimentan el camino para tomar poder y control bajo el amparo democrático.

Esto es algo que lleva a pensar profundamente en el futuro de Colombia, donde la democracia ha sido un bastión de progreso. Pero el camino venidero es complejo. La democracia no pasa por accidente y, por eso, hay que hacer todo para que no termine en modo cangrejo: andando para atrás

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