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Jorge Ramos
Columnista

Jorge Ramos

Publicado el 14 de octubre de 2021

La desesperación de los haitianos en México

Tapachula, Chiapas. Los haitianos siguen llegando a México. Pero lo que quieren, de verdad, es que los dejen llegar a Estados Unidos. Están agotados. Han recorrido muchos países y sufrido tragedia tras tragedia. La vida se ha ensañado con ellos. Y se merecen un respiro.

Para llegar a Estados Unidos los haitianos primero tienen que cruzar el río Suchiate, que separa a México de Guatemala. Este río no tiene fama de ser asesino. Por el contrario. Aún en época de lluvias permite el paso de miles de inmigrantes, de sur a norte, en unas balsas hechas rudimentariamente con cámaras de llantas y tablas de madera. La cruzada cuesta un dólar y medio por persona. Los haitianos prefieren cruzarlo de noche y en puntos ciegos.

Acabo de estar ahí y junto al río no había agentes ni policías. Y cuando aparecían, no impedían a nadie el paso desde Guatemala. El problema es después. Cuando esos mismos migrantes de Haití tratan de internarse por carretera en territorio mexicano, los están parando y arrestando. Y para subirse a un autobús hasta les requieren documentos migratorios para demostrar que están legalmente en el país. Por supuesto, no los tienen.

México, con millones de inmigrantes en Estados Unidos, ahora se ha dado a la vergonzosa labor de detener inmigrantes de otros países que solo quieren cruzar; están violando su derecho de tránsito. Bajo fuerte presión de Estados Unidos, está creando su propio muro.

En México hay unos 30 mil haitianos. Conocí a muchos de ellos en Tapachula. Y sus historias son tristísimas y alucinantes. Miles huyeron de Haití tras el terremoto del 2010 y se asentaron en países sudamericanos, como Brasil y Chile, donde podían entrar con menos obstáculos migratorios. Pero la falta de oportunidades y los problemas económicos por la pandemia les hizo tomar la dramática y a veces fatal decisión de irse hacia Estados Unidos.

Muchos haitianos tienen que cruzar la selva de Darién entre Colombia y Panamá para llegar a México. Pero al llegar aquí su vida no es fácil. Deambulan por las calles de esta ciudad, sin rumbo fijo, con niños colgados de las manos y sin dinero para la siguiente comida. Todo lo que tienen lo pueden cargar. Y regresar a Haití, tras el terremoto del pasado agosto, que dejó más de dos mil muertos, es impensable.

No tienen papeles para vivir legalmente en ningún país fuera de Haití, la burocracia mexicana no da abasto para registrarlos y ni siquiera los recién nacidos pueden conseguir sus actas de nacimiento. No existen para nadie. Vi a un grupo de unos 200 haitianos pelear por entrar a un centro de refugiados. Estaban desesperados. Y a pesar de las mejores intenciones, solo dejaron pasar a unos cuantos. No tienen nada. Y cuando digo nada, es nada. Ni papeles, ni ropa, ni comida, ni dinero.

En el 2018, cuando las caravanas de centroamericanos rayaban el territorio mexicano en camino hacia Estados Unidos, para los migrantes era preferible enfrentarse a la crueldad de la era de Trump que lidiar con la violencia, las pandillas, el hambre y el cambio climático en Guatemala, Honduras y El Salvador. Luego vendrían venezolanos y cubanos. Ahora son los haitianos.

A Haití, duele decirlo, le ha ido muy mal en la repartición de tragedias. Además de los terremotos, la violencia lo ha trastocado todo. Y si a la historia le sumamos que Haití fue la última nación del continente en recibir vacunas contra el covid-19, cualquier inyección de optimismo se desinfla.

Tapachula ha sido una ciudad extraordinariamente generosa con los inmigrantes. Pero no hay recursos ni lugares suficientes para atender apropiadamente a la nueva ola de inmigrantes haitianos.

La ironía es que los haitianos se quieren ir de aquí. En sus planes de vida nunca estuvo el deseo de radicarse en Tapachula. Pero el gobierno mexicano no los deja.

Al final, todo esto es inútil. El muro de México, como el de Estados Unidos, tampoco podrá parar a quienes huyen del hambre y de la violencia. Y poco a poco, o en caravanas, estos inmigrantes haitianos se irán de aquí en su ruta hacia el norte.

Cuando lo has perdido todo —hasta el miedo—, nada te puede detener 

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