Por
MAAJID NAWAZ
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La semana pasada fue revelado que el hombre conocido com “Jihadi John” por los medios del mundo se llama Mohammed Emwazi, un musulman nacido en Kuwait y ciudadano inglés naturalizado de Londres. No solo eso, el recluta occidental más notorio del Estado Islámico fue identificado como un egresado de ciencias computacionales de la Universidad de Westminster.
Muchos se alarmaron porque el supuesto ejecutor en los videos creados por el Estado Islámico, o ISIS, es un citadino educado de clase media. De hecho las instituciones academicas en Gran Bretaña han sido infiltradas durante años por fantaseadores teocráticos. Yo lo sabría: fui uno de ellos.
La Universidad de Westminster es bien conocida por ser un semillero para actividades extremistas. La Sociedad Islámica de la Universidad tiene fuerte influencia, y a veces es controlada, por el grupo radical islámico Hizb-ut-Tahrir y con regularidad sirve de escenario para predicadores de odio. El mismo día que Emwazi fue revelado, la universidad tenía programada una conferencia de Haitham al-Haddad, un hombre acusado de patrocinar la homofobia, defender la mutilacion genital femenina y profesar que el pueblo judío es descendiente de simios y cerdos. El evento fue suspendido no por las autoridades universitarias, sino por la Sociedad Islámica, quien la canceló solo por preocupaciones de seguridad.
Yo nací y fui criado en Essex, en las afueras de Londres, por una familia pakistaní económicamente cómoda y bien educada. Pero entré en edad mientras que el genocidio contra musulmanes de Bosnia se desenvolvía al otro lado de Europa. Ese horror, junto con la violencia por parte de racistas blancos que viví en casa, llevó a mi desconexión de la sociedad convencional.
Yo tenía una mente lo suficientemente inquisidora para cuestionar los eventos del mundo, así como la pasión fomentada por mis antecedentes para verme afectado, pero no tenía la madurez emocional para procesar estas cosas. Eso me hizo perfecto para el reclutamiento islámico. En esta mezcla se introdujo mi reclutador, también recién egresado de una universidad médica en Londres.
Él pertenecía a Hizb-ut-Tahrir, que en árabe significa partido de la liberación. Un grupo internacional islámico revolucionario fundado en 1953, fue el primer movimiento que popularizó la idea de resucitar un califato con una versión de la ley sharia.
Los reclutadores son adeptos en manipular los eventos del mundo para presentar lo que yo llamo la ‘narrativa islamista’ que dice que el mundo esta en guerra con Islam, y solo una califato podrá proteger a los musulmanes de los cruzados. Yo fui seducido por la ideología y atraído a su subcultura alternativa.
A los 16 años, yo había adoptado las ideas de Hizb-ut-Tahrir con todo el corazón.
Me pidieron que me matriculara en Newham College, una institución educativa apoyada por el estado en el este de Londres, con el propósito de ganar protagonismo en el campus y reclutar a otros estudiantes para la causa. Una vez fui elegido presidente de la Unión estudiantil, exploté la ingenuidad de la institución, registrando seguidores para conseguir votos y consolidar nuestro control.
El ambiente venenoso que mis seguidores y yo creamos en Newham Coloege se volvió tan peligroso que en 1995 mi autoproclamado guardaespaldas asesinó a un estudiante no-musulmán a puñaladas en el campus, mientras gritaba “Allahu akbar!”. El asesino, Saeed Nur, fue condenado por asesinato.
Justamente fui expulsado del college, aunque ahi no terminó mi activismo. Primero trabajé en Pakistán y luego en Egipto para reclutar a jovenes oficiales militares para la agenda revolucionaria de Hizb-ut-Tahrir. En el 2001 fui arrestado por la policía secreta del presidente Hosni Mubarak. Durante cuatro años en una cárcel en El Cairo, gradualmente reexaminé la ideología de Islam. Cuando fui dejado en libertad, empecé el trabajo por los derechos humanos y el contra-extremismo que me ocupa ahora.
La Sociedad Islámica en la Universidad de Westminster, como otras en universidades por toda Gran Bretaña, aún está en la mira de radicales entristas. Mientras dichas instituciones deben proteger la libertad de expresión, también deben tener cuidado de asegurarse de que a los oradores no se les entreguen espacios sin oposición para promover su tóxico mensaje a un público vulnerable.
Apenas el mes pasado, Gran Bretaña se vio consternada cuando se enteró de que tres niñas adolescentes de la Academia Bethnal Green, habían salido del país para unirse al Estado Islámico. Kadiza Sultana, Amira Abase y Shamima Begum eran, según sus padres y compañeros, excelentes estudiantes.
El deseo de imponer cualquier religión sobre la sociedad es una idea repugnante por naturaleza.