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Diego Aristizábal
Columnista

Diego Aristizábal

Publicado el 20 de junio de 2019

La España vacía

La primera vez que fui a España, me impresionó algo: los enormes terrenos que podían verse detrás de la ventanilla del tren y apenas al fondo, de vez en cuando, una casita, o más allá, alguna fortaleza, una iglesia y nada de gente. Era una España vacía de muchísimos kilómetros, le dije a una amiga alemana, y ella me contestó con un libro: Lee justamente “La España vacía”, de Sergio del Molino. Lo compré de inmediato en una de las casetas de la Feria del Libro de Madrid, pero, por alguna razón, no lo leí sino hasta la semana pasada cuando regresé a España y creí que este sería un buen libro para el avión.

Y no me equivoqué, el libro es tan apasionante que yo no quería que ese viaje largo terminara, quería que durará un día entero, no podía parar de leer y leer y comprender por qué España es como es. Para empezar, una frase de Charles Montesquieu que no puede ser más elocuente: “Los españoles han hecho inmensos descubrimientos en el nuevo mundo pero no conocen aún su propio continente: hay en sus ríos algunas zonas que todavía no han descubierto, y en sus montañas, naciones que les son desconocidas”. De esta forma uno ya sabe el talante de lo que vendrá, y lo que vendrá tiene mucho que ver, más que sobre aquellas cuestiones que hacen singular a España, sobre una cuestión de heterofobia.

Sin lugar a dudas, hay dos Españas, pero no son las de Machado. Hay una España urbana y europea, indistinguible en todos sus rasgos de cualquier sociedad urbana europea, y una España interior y despoblada, que se llama precisamente la España vacía, y esa España es la que uno se pregunta por qué resulta tan poco llamativa para los españoles.

Como escribe Del Molino, ni romanos ni árabes creyeron que el campo fuera otra cosa que el lugar que abastecía a la ciudad y la distancia en blanco entre una urbe y otra. El campo no era parte de la civilización. Castilla se extiende en sus ciudades. La corte era itinerante, pero necesitaba una ciudad como sede. Las había magníficas. De piedra, amuralladas, fuertes y seguras. Cuando Castilla llegó al nuevo mundo, en realidad llegaron sus ciudades. “A comienzos del siglo XIX se comprobó que España no dominaba en realidad lo que hoy llamamos Latinoamérica. Su poder se concentraba en un puñado de ciudades, pero desaparecía unas pocas leguas tierra adentro. En la mayor parte del continente, los españoles no existían y nadie hablaba castellano. Si Alexander von Humboldt pudo explorar Venezuela fue porque los españoles no tenían interés en aquella selva, a la que no sabían sacarle partido”, afirma el autor.

El libro es fantástico, y uno sigue el viaje a través del tiempo y del espacio de un país insólito que está dentro de otro país y da pistas del porqué incluso nos parecemos.

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