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Javier Mejía Cubillos
Columnista

Javier Mejía Cubillos

Publicado el 26 de abril de 2022

La estabilidad monetaria no es un capricho de tecnócratas

El mundo moderno está lleno de maravillas sobre las que uno poco piensa en el día a día. Por ejemplo, la disponibilidad masiva y permanente de electricidad que caracteriza a las sociedades funcionales en la actualidad es algo a lo que nunca habríamos imaginado acceder unas cuantas generaciones atrás. Piénselo por un segundo. Una persona cualquiera puede presionar un botón y generar, inmediatamente, luz intensa en medio de la noche. Esto fue algo imposible por milenios.

Dentro de las maravillas de las sociedades modernas funcionales que damos por sentado está la estabilidad de la moneda. Que a cada instante el precio de las cosas esté determinado en unidades de una moneda sobre cuyo valor todos estamos de acuerdo es maravilloso. Que, además, sea posible acceder a esa moneda también es maravilloso. Y que nuestra expectativa sea que esto no cambie profundamente en los años venideros, más que maravilloso, es casi que milagroso.

Al igual que con la disponibilidad de electricidad, es difícil hablar de estabilidad monetaria en Colombia antes de 1920. En un artículo recientemente publicado, José Parra-Montoya y yo estudiamos el sistema monetario colombiano desde 1850 hasta 1920. Empezamos en 1850 porque solo a finales de la década de 1840 es posible articular razonablemente los atributos del caos monetario en el que vivía el país. No obstante, incluso en este periodo “no tan caótico”, en Colombia no existía una moneda única. En el país circulaban simultáneamente una amplia serie de monedas de diferente naturaleza.

Oficialmente, hubo monedas de plata y oro y billetes privados y públicos. La circulación de cada una de estas especies fue introducida e interrumpida en diferentes momentos. Es decir, alguien que, por ejemplo, tuviera su fortuna en un baúl lleno de cualquiera de estas monedas a comienzo del periodo, un par de décadas después se encontraría con que esas monedas ya no eran aceptadas. Esto, además de la más amplia depreciación de su valor. A pesar de que este periodo no fue uno de alta inflación en el mundo, los precios de cada una de estas monedas fluctuaban independientemente según su soporte y la confianza del público, siendo algunas de ellas profundamente devaluadas, como fue el caso de los billetes del Banco Nacional en las últimas décadas del siglo XIX.

A esto se le sumaban infinidad de inconvenientes asociados a la fragmentación regional y sectorial de la economía colombiana. Algunas monedas circulaban en ciertas regiones, pero no en otras. Por ejemplo, billetes de bancos privados antioqueños con poca frecuencia eran aceptados en la costa Caribe y, de serlo, usualmente era con grandes descuentos. Similarmente, cierto tipo de actividades solo se realizaban en ciertas monedas específicas. Por ejemplo, sabemos que hacia 1880 los negocios de finca raíz solían requerir moneda de plata de ley de 0.900, mientras que los bancos en Bogotá solo hacían transferencias en moneda de plata de ley de 0.835, y los salarios eran pagados con billetes del Banco Nacional.

Lo interesante de esto es que, a diferencia del acceso a electricidad, la disponibilidad de un sistema monetario estable no estuvo limitada por la ausencia de la tecnología necesaria para generarlo. La tecnología adecuada había existido por siglos. De hecho, en tiempos coloniales, el territorio de la hoy Colombia gozó de una moneda bastante estable. El caos monetario fue un producto institucional. El proceso de Independencia destruyó el sistema monetario colonial y a los gobiernos republicanos les tomó casi un siglo generar un nuevo sistema con estabilidad similar. Entre 1850 y 1923 hubo 13 reformas monetarias. Es decir, en promedio, más de una vez por década fue necesario reformar el sistema para corregir sus fallas.

Esto es fundamental tenerlo presente porque la actual estabilidad monetaria que vivimos, que es maravillosa así no lo notemos, es producto de una construcción institucional que ha tomado décadas. Está cimentada en la confianza que el público tiene en la autoridad monetaria y ella es bastante más frágil de lo que muchos creen.

Destruir esta estabilidad es sencillo. No hay que ir muy lejos para evidenciarlo. Debería ser suficiente ver las artesanías hechas con bolívares fuertes en los semáforos de Colombia y las historias de sus vendedores describiendo cómo, día a día, en Venezuela subían los precios y se dejaban de recibir estos billetes, mientras se empezaba a demandar dólares que nadie tenía. Reconstruir la estabilidad de un sistema monetario, tal como en la Colombia republicana y la Venezuela bolivariana, es un proceso que suele tomar décadas.

Por lo tanto, proteger la institucionalidad monetaria del país no es un capricho de tecnócratas que están sujetos a las ideologías del neoliberalismo. Es una lección básica que el país mismo aprendió y cuya importancia parece haberse olvidado, justamente, gracias al éxito de la historia reciente en el que el caos se ha logrado evitar 

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