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Elbacé Restrepo
Columnista

Elbacé Restrepo

Publicado el 01 de julio de 2019

LA ÉTICA DE LA EMPANADA

¿Les ha pasado que de repente quisieran parecerse a otra persona? A mí sí. Y el caso más reciente fue antier, cuando me llegó, de forma virtual, una conferencia de la señora Minta Muñoz Montoya, con motivo de la celebración del Día del Servidor Público en una entidad muy querida por todos nosotros.

No tengo el gusto de conocerla, pero la busqué en Google y encontré que es abogada de profesión, que se ha desempeñado en diferentes cargos en La Colegiatura Colombiana y que allí le dio vida a Expansión Ser, acompañando a los estudiantes, y a los padres, a la hora de elegir la carrera profesional, “como una mamá institucional” que aprovecha su capacidad de sindéresis, su sencillez y su sabiduría también para dictar conferencias empresariales.

El tema central era la ética. Importantísimo en nuestro entorno por razones tristemente obvias. Y lo abordó, con una claridad absoluta, desde una experiencia familiar.

Minta se duele de que, en la definición gráfica de ética, las imágenes sean un signo de interrogación entre dos caminos, una disyuntiva, una elección, una pregunta o una balanza. Porque la ética no es una pregunta, no es una dualidad ni es una consulta. La definición textual del diccionario dice: “Conjunto de normas morales que rigen la conducta de la persona en cualquier ámbito de la vida”. Y Minta la acerca: El conjunto somos todos nosotros. La norma es lo que hace posible que, en una decisión libre y voluntaria, seamos capaces de vivir juntos. Regir no es una invitación, sino una orden: No volvernos laxos ni permisivos. Y así, de manera natural, sin forzarla, la ética se vuelve lealtad, integridad, justicia, respeto, compromiso, inclusión y vocación de servicio, incluso cuando nadie nos ve, en la intimidad del yo con yo. Clarito, ¿cierto?

Y entonces viene la experiencia familiar, que resumo lo más fielmente posible: Cuenta Minta que hace muchos años, después de una salida de misa, se fueron madre, hermanos y sobrinos a comer empanadas. Cada uno se podía comer cuatro, pero cuando terminaron quedó una en la canasta. Luego de una auditoría que confirmó que todos se habían comido las cuatro correspondientes, empezó un debate espontáneo en el que afloraron opiniones encontradas: Que se la comieran. Que no, porque no era de ellos. Que sí, porque no se la estaban robando. Que no se podía devolver porque ya había salido del mostrador y estaba contaminada... Cuando la conversación se volvió discusión y los ánimos pasaban de castaño oscuro, la mamá, que hasta entonces se había limitado a escuchar, le puso punto final al altercado: “Esa empanada no es de nosotros, porque no la pagamos. Sabemos dónde está el dueño. Tenemos la posibilidad de devolvérsela y no nos importa lo que hagan con ella. Punto”. Caso cerrado. Y mandó a su hija, con todos los nietos, a hacerlo. La bendita empanada volvió a la mesa, porque ya no la podían recibir. Pero en vez de ají, a esta le pusieron una dosis generosa de formación humana, en especial para los niños.

Sin ética estamos condenados a la ley de sálvese quien pueda, al dominio del más fuerte. Y no hay que pensar solo en la plata del PAE, la Vía al Llano, Space, la biblioteca España o la Ruta del Sol. Basta cambiar la empanada por los “pequeños delitos” de la vida cotidiana para entenderlo.

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