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Anacristina Aristizábal Uribe
Columnista

Anacristina Aristizábal Uribe

Publicado el 13 de agosto de 2019

La Feria del Egoísmo

Los negociantes pura sangre, que venderían el alma al diablo por hacer su “agosto” en una noche, pululan durante la Feria de las Flores. En la ciudad del dinero fácil la inmensa mayoría prefiere comprar y vender especulando, para ganar con un chasquido de dedos lo que no pueden esperar haciendo industria. Durante la cada vez más delirante Feria de las Flores esta ciudad se convierte en la meca del “negocio del entretenimiento”, donde cualquiera pone un bafle en la calle, tres sillas de plástico con una mesa destartalada para improvisar un rumbiadero hasta las 4 de la mañana y en una noche hacer lo del mes. Son egoístas que hacen todo el escándalo posible para atraer gente que consuma todo el trago posible, sin medida de decibeles, sin control de escándalo ni de gritos. ¿Autoridades? No les importa que esos improvisados negociantes infrinjan las normas, vendan trago sin licencia y hagan bulla hasta el amanecer. Es la feria del egoísmo.

¿Por estar en Feria las normas no se cumplen? Cierto, no se cumplen. La misma Alcaldía promueve tablados a tal volumen que no pasan prueba de decencia en ninguna parte. No importan viejos, bebés, enfermos, animales o si al otro día hay que trabajar o estudiar. No importa si alguien no quiere ir, tiene que oír el concierto a cinco cuadras.

Ahí sí no importa el Código de Policía, es la doble moral a todo taco. ¿Cuánto perderá de audición alguien que durante siete horas continuas tiene que tragarse obligado (como un policía) esos decibeles, cuando a una cuadra los edificios de apartamentos vibran por el alto volumen?

No creo que la Feria sea suficiente motivo para trastocar la paz a un barrio de vecinos, solo para proporcionar rumba y bebeta sin control en la calle. Esas prácticas deberían hacerse en lugares alejados de los barrios residenciales.

Y la cosa empeora cada año. De pueblos y ciudades vecinas llegan, durante la Feria de las Flores, negociantes del entretenimiento para improvisar bailaderos y fiestas a granel (algunos con permiso oficial, es inútil llamar al 123), atraídos por clientes delirantes que beban sin cansancio y los saquen de apuros, en una noche. Bienaventurados los que cada día pueden disfrutar del silencio, porque de ellos será la paz (cada vez más Medellín pierde lo uno y lo otro).

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