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Aldo Civico
Columnista

Aldo Civico

Publicado el 15 de febrero de 2020

La guerra maldita

Esta semana me encontré un hilo de tweets donde un señor que se llama Sebastián comparte su experiencia con un reinsertado. Lo comparto porque es un testimonio crudo que demuestra cómo en Colombia hay muchos ciudadanos ejemplares, comprometidos con un futuro de paz y que se la juegan por este futuro, trascendiendo odios y rencores del pasado. También, demuestra lo difícil y tortuoso que puede ser el cambio. Este es el testimonio de Sebastián:

“Hoy es un día absolutamente triste para mí. Llevaba algunos años dándole trabajo a un desmovilizado de grupos al margen de la ley. Fue un proceso muy difícil, que me hizo aprender toneladas y hoy tuvo un final que me tiene con la lágrima afuera. Fueron años de ires y venires. De largas conversaciones tratando de ayudarle a volver a caminar derecho. La verdad es que era como un hijo grande para mí, pues es 10 años mayor que yo. Fue una lucha constante contra alcoholismo, traumas, historias que me helaban los huesos, otras muy charras. La verdad aprendí más yo de él, que él de mí. En esta última etapa, lo traje a vivir por fuera de la ciudad. Alejado de muchas cosas que le hacían mucho daño. Una última oportunidad después de haberlo perdonado mil veces. Hoy decidió volver al monte.

Una última conversación. La explicación de que no estaba bien, que se sentía aburrido y que un alias de esos que ustedes escuchan en la tv, lo había llamado. Hoy él y yo perdimos la batalla contra la guerra una vez más. Ojalá hubiera podido hacer más... Perdimos contra la guerra, contra los traumas, contra los fantasmas de su pasado. Perdimos él y yo y perdimos todos los colombianos. La única tranquilidad que tengo es saber que se le dieron todas las oportunidades posibles y hasta más. La guerra, la guerra es una cosa muy hijueputa”.

El testimonio de Sebastián despertó en mí recuerdos de experiencias similares. Los años que dediqué a recoger las historias de vida de paramilitares desmovilizados me dieron también la oportunidad de ofrecer mi amistad y ayuda a varios de ellos. He sido testigo de lo difícil y complejo que es volver a la vida civil, cuando tener un rifle se ha convertido en una identidad. La mayoría logró el cambio de vida. Otros, no lo lograron. Como Luna, quien lideró escuadrones de paramilitares en las laderas de Medellín. Como en la historia compartida por Sebastián, también Luna finalmente acogió la invitación de un antiguo jefe y se integró a una de las nuevas bandas criminales dedicadas al narcotráfico cerca de Yarumal. Me dolió enormemente.

Luna no duró mucho. Después de unos meses, lo mataron en una finca. Unas semanas antes de ser asesinado, me escribió: “Me gustaría que tus estudiantes aprendieran que la guerra no es algo bueno y que no hay nada más bueno en la vida que tener una familia y vivir en paz”. Fue el sueño incumplido de Luna. Pero tengo la certidumbre de que la huella que el amor deja nunca es en vano.

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