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Carmen Elena Villa Betancourt
Columnista

Carmen Elena Villa Betancourt

Publicado el 25 de noviembre de 2020

La Iglesia necesita purificarse

Estupor y desconcierto fue lo que causó en la opinión pública el informe de 450 páginas publicado por la Santa Sede el pasado 10 de noviembre, tras responder a un encargo del Papa Francisco, sobre las graves conductas cometidas por el quien fue arzobispo de Washington D.C, el excardenal y exsacerdote Theodore McCarrick en materia de abuso sexual a menores.

Es la primera vez que el Vaticano publica un documento de esta naturaleza. Me alegra que la Santa Sede haya tenido la osadía de dar a conocer un texto como este, doloroso por su contenido, pero que ayuda a clarificar dónde se cometieron las manipulaciones, engaños y torpezas para poder así fomentar una cultura de transparencia, prevención y cuidado de menores que pueda servir incluso como modelo para otras instituciones. Porque el drama de los abusos de diferente índole (sexual, psicológico o de autoridad) aquejan a muchos ámbitos de la sociedad (familiar, educativo, deportivo, laboral). No por eso deja de ser una gran contradicción que la Iglesia también se vea sacudida por esa plaga. Por eso es necesario enfrentar el problema desde la raíz, atender debidamente a las víctimas y tomar medidas para detener este mal.

Causa un gran dolor saber que algunos hombres que Dios los llama para seguir la vocación de ser padres espirituales y de poder acercarnos a la fe por medio de la palabra, el testimonio y los sacramentos, resulten traicionando este llamado y convirtiéndose en hombres, que en lugar de acercar las personas a Dios las ahuyentan, que en lugar de ayudar a sanar heridas, se convierten en causantes de las mismas.

También causa indignación ver cómo durante décadas, muchas víctimas que valientemente se han atrevido a hacer las denuncias ante las autoridades civiles y eclesiásticas hayan sido etiquetadas como enemigos de la Iglesia, cuando en realidad ellos son amigos de la justicia y son quienes están ayudando a purificar esta institución de algunas malas prácticas.

La Iglesia necesita purificarse de un fuerte clericalismo que ha hecho que durante años los sacerdotes y agentes pastorales hayan sido idealizados e incuestionados, lo que ha permitido que exista en varios sectores un sistema de manipulación, de poca transparencia y que sirva como caldo de cultivo para que ocurran tragedias como los abusos sistemáticos cometidos por el excardenal McCarrick y por tantos otros líderes religiosos en diversos países. Necesita de hombres y mujeres comprometidos, corresponsables con una cultura del cuidado. Necesita de buenos sacerdotes (hay muchos que viven de manera heroica su vocación), apoyados por una familia de fe integrada por laicos que quieran anunciar a un Jesús vivo y que ese anuncio se vea traducido en obras. Cuando esto ocurre es cuando brilla la esencia de la Iglesia, que es la palabra de Dios, la riqueza de los sacramentos y que se puede ver traducida en obras que hacen una gran diferencia en la sociedad. Reconocer la propia culpa, pedir perdón, buscar reparar los daños y fomentar una cultura de ambiente seguro son algunas acciones que nos encaminan hacia esta gran tarea. Varios sectores de la Iglesia ya lo están enfrentando y eso da mucha esperanza.

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