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Fernando Velásquez Velásquez
Columnista

Fernando Velásquez Velásquez

Publicado el 17 de junio de 2019

LA LEY DE LOS AUDACES

Después de ver, analizar y estudiar las ocho temporadas de “SUITS. La ley de los audaces”, esa serie norteamericana transmitida desde el 2009 por Netflix, no sabe uno si llenarse de rabia, indignación y estupefacción o admitir, en definitiva, que la realidad del mundo del Derecho vivida en el país del Norte (y aquí por reflejo) es como allí la muestran y, por ende, no hay nada que hacer.

En efecto, por un lujoso despacho de abogados neoyorkino ocupado por egresados de una de las mejores universidades de esa nación (Harvard, incluido un falso abogado), pues las demás están excluidas por no dar el nivel —quienes se destacan por su culto al vestuario y a las vanidades mundanas— por allí, se repite, desfilan todos los protagonistas de un sistema de justicia negocial que todo lo pacta y que solo, de forma ocasional, va a juicio. Un modelo que posibilita la corrupción, el chantaje, el culto al dinero, la injusticia y, pocas veces, una pequeña dosis de rectitud y de sensibilidad humanas; esa que es tan necesaria cuando se piensa en sociedades que viven de los pactos de silencio y de la impunidad.

Por eso, en ese escenario macabro de lujos y procacidades, lo que interesa es sacar avantes las pretensiones de los clientes (casi siempre grandes empresas multinacionales o entidades financieras que, con voracidad e inocultable ambición, controlan los mercados) porque, dice uno de los protagonistas, así sucede “en el mundo real”, algo bien distinto al continuo devenir de los recintos académicos. Esos que esta dañina y torcida serie no duda en zaherir, desnudar y cuestionar, porque las mismas o parecidas bajezas vividas en el despacho que sirve de escenario al melodrama, se observan en los recintos de esos centros académicos. El asunto es tan crudo que hasta un reputado profesor de ética, convertido en el terror de los alumnos por su severidad e intachable reputación –la cual lo hace un verdadero símbolo–, termina traficando con sus notas a cambio de una jugosa suma de dinero; el mensaje, pues, no puede ser más desalentador e infame, porque la falsía todo lo controla.

En fin, el daño hecho por producciones como esta es inmenso máxime si se piensa en abogados mal preparados, inmaduros y codiciosos como los nuestros, para quienes el hambre de dinero y no la sed de conocimientos les permite siempre estar atentos a imitar de forma acrítica esos patrones. El asunto es tan complejo que, cuando se visitan nuestras salas de audiencias, se concurre a un recinto académico, se mira la televisión o se escrutan las fatigosas redes sociales de comunicación, el espectador no deja de sentir mucho escozor al verificar que también nuestro país se llenó de esos “audaces” para quienes la legalidad es un trapo sucio y solo importan la arrogancia, las cosas materiales y algo que suelen ponderar mucho: “el triunfo”. Sí, porque en esta sociedad los victoriosos son los que pisotean los valores y enarbolan las banderas de la corrupción, para ponerse al servicio de esa máquina que fabrica y replica patrones libertinos y que, con su oprobioso esquema de perdición, todo lo controla.

Así las cosas, se debe estar muy atentos con series como Suites (y, añádase: The Good Wife) para valorarlas de forma critica porque, de la mano de ese mensaje pernicioso, sus contenidos hacen sucumbir el establecimiento educativo en el ámbito del Derecho para darle cabida a la inmoralidad y la codicia. Llegó, pues, la hora de reivindicar a los miles de abogados que –con honestidad y vocación– ejercen a diario su carrera acompañados de los más nobles ideales y que, llenos de mística, quieren hacer patria y construir una sociedad mejor. En otras palabras: no se debe estigmatizar más a los profesionales que hacen de las ciencias jurídicas uno de los más bellos rincones del saber y de la lucha por la dignidad humana.

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