<img height="1" width="1" style="display:none" src="https://www.facebook.com/tr?id=378526515676058&amp;ev=PageView&amp;noscript=1">
El País
Columnista

El País

Publicado el 17 de agosto de 2021

La ley de Lynch

Por Javier Cercas

Seamos serios: si nunca te han linchado en las redes sociales, no eres nadie. Gracias a Dios, yo acumulo un dilatado historial de linchamientos, así que no puedo quejarme. Es verdad que no tengo ninguna cuenta en ninguna red social; también, que no me asomo a ellas si no es por riguroso interés antropológico, y que nunca lo hago desprovisto de casco de combate, lanzallamas y mono ignífugo. Pero a veces la tormenta digital arrecia de tal forma que, al igual que un diluvio, acaba inundando tu casa.

Cuando eso ocurre, no hay duda: te están linchando. Si te llaman fascista, tranquilo: ya nadie sabe lo que significa esa palabra. La cosa solo empieza a ponerse interesante cuando te tildan de escoria, rata de alcantarilla o basura humana o cuando te tratan de genocida y criminal de guerra. Como es normal, todo linchamiento conoce momentos de alivio. En el último que tuve el honor de recibir, durante el cual me colmaron con los improperios que acabo de anotar (y muchos más), un buen hombre me llamó ignorante en un tuit, lo que en aquel contexto me pareció un elogio; por desgracia, el tuitero había logrado la hazaña de cometer cinco faltas de ortografía en los 200 caracteres de su texto.

En resumen, un linchamiento es una experiencia tan enriquecedora como la mejor literatura, y, como la mejor literatura, puede ser una herramienta insustituible de autoconocimiento. Yo, sin ir más lejos, sé desde niño que soy una catástrofe dando bofetadas, pero, gracias a las redes sociales, he descubierto que recibiéndolas soy un crack.

En uno de los mejores ensayos que he leído en los últimos años, “La era del capitalismo de la vigilancia”, Shoshana Zuboff define ese tipo de capitalismo —que es el que a su vez define nuestro tiempo— como una “expropiación de derechos humanos cruciales que perfectamente puede considerarse como un golpe desde arriba: un derrocamiento de la soberanía del pueblo”. Las redes sociales forman parte esencial de ese nuevo capitalismo. Los estudiosos no paran de explicarnos que, tal y como funcionan ahora mismo, las redes constituyen, aparte del mayor negocio de la historia —dominado por un puñado de oligarcas sin control—, un instrumento eficacísimo del odio, la mentira, la discordia social y la polarización política, que ya ha sido capaz de desestabilizar las democracias más sólidas del mundo.

Dicho esto, es natural que Zuboff proponga ilegalizarlas. No para siempre. Solo hasta que logremos civilizarlas, dotarlas de reglas claras, someterlas a un control democrático. Me parece sensato: o nosotros gobernamos las redes o las redes nos gobernarán a nosotros

Porque entre varios ojos vemos más, queremos construir una mejor web para ustedes. Los invitamos a reportar errores de contenido, ortografía, puntuación y otras que consideren pertinentes. (*)

 
¿CUÁL ES EL ERROR?*
 
¿CÓMO LO ESCRIBIRÍA USTED?
 
INGRESE SUS DATOS PERSONALES *
 
Correo electrónico
 
Acepto términos y condiciones
LOS CAMPOS MARCADOS CON * SON OBLIGATORIOS

Datos extra, información confidencial y pistas para avanzar en nuestras investigaciones. Usted puede hacer parte de la construcción de nuestro contenido. Los invitamos a ampliar la información de este tema.

 
RESERVAMOS LA IDENTIDAD DE NUESTRAS FUENTES *
 
 
INGRESE SUS DATOS PERSONALES *
 
Correo electrónico
 
Teléfono
 
Acepto términos y condiciones
LOS CAMPOS MARCADOS CON * SON OBLIGATORIOS
Otros Columnistas