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Humberto Montero
Columnista

Humberto Montero

Publicado el 22 de enero de 2019

La leyenda negra colombiana

Con apenas ocho millones de habitantes, los españoles exploraron y conquistaron un tercio del planeta Tierra. Aunque sus enemigos extendieron datos infundados desde el siglo XVI para minar la moral de la primera potencia por entonces –la llamada leyenda negra–, fueron los propios españoles sus peores enemigos, al dar por buena toda la cantidad de inmundicias que destilaban ingleses, franceses y holandeses. Lo cierto es que, además de lograr alianzas notables entre los indígenas sometidos al Imperio Azteca y al Inca para derrotar a ambos, los españoles fundaron ciudades colosales, implantaron universidades punteras en las principales urbes americanas y en Filipinas, y acumularon gestas. Entre ellas, la primera vuelta al mundo, de la que se cumplen 500 años, gracias a la cual se determinó definitivamente la esfericidad de la Tierra. En septiembre de 1519, ahí es nada, financiada por la Corona española, la expedición Magallanes-Elcano partía del puerto gaditano de Sanlúcar de Barrameda con cinco naves. Tres años después, muerto Fernando de Magallanes en Filipinas, arribaba en solitario al mismo puerto la nave Victoria. Era el 6 de septiembre de 1522 y de los 239 hombres que partieron, sólo a 18 les cupo la gloria de regresar con vida. Juan Sebastián Elcano fue uno de los afortunados. Eran los tiempos en que la divisa del comercio mundial, la primera global, era el real de a ocho, el llamado “Spanair dollar”, cuyo grabado en honor a las dos columnas de Hércules da origen al símbolo del dólar estadounidense. Mientras las ciudades coloniales españolas florecían por doquier, los colonos británicos se las veían y se las deseaban para lograr asentarse en los inhóspitos y fríos territorios de la Norteamérica. Como recoge la obra del historiador británico John H. Elliot “Imperios del Mundo Atlantico”, Boston era la ciudad más poblada en las colonias británicas con apenas 16.000 habitantes a mediados del siglo XVIII. Le seguían Filadelfia, con 13.000 habitantes, y Nueva York, con 11.000. Por entonces, Ciudad de México ya contaba con 112.000 habitantes censados. En Lima residían 52.000 personas; en La Habana, 36.000, y en Quito, 30.000.

Pese a todo, la leyenda negra caló hasta los tuétanos en estas tierras hasta ahora.

La autocrítica deja de ser positiva cuando se vuelve autodestructiva.

En términos similares se vive en Colombia, donde perdura la percepción extendida de que las guerrillas terroristas tenían una justificación en la desigualdad para sus crímenes. Solo así se entienden unos acuerdos bendecidos por buena parte del país en los que en pos de una soñada paz se rendía la honra, la justicia y la reparación para miles de víctimas de las Farc y del Eln. El último atentado de Bogotá nos demuestra que los asesinos siempre vuelven por el camino que conocen: el mal. Por eso, no merecen el perdón ni la libertad. Y, por eso, se equivocan los que aún creen que hay que agotar todas las vías de diálogo para congraciarse con un enemigo que lo único que busca es hincar de rodillas al Gobierno, sea del signo que sea, lo que es lo mismo que doblegar y humillar a todo el pueblo soberano de Colombia. Un país que no se merece a esa lacra, que no ha hecho nada malo para que le arrebaten los bienes más preciados: la dignidad, el futuro, la libertad y la vida. ¿O es que acaso merecían la muerte las víctimas de esta última matanza? Quien así lo crea está enfermo. La leyenda negra colombiana es una farsa y no hay motivo alguno, ni antes ni mucho menos hoy, para justificar las actividades terroristas de las narcoguerillas. Solo espero que estos veinte muertos, con nombres y apellidos, no acaben en el cubo de la basura, arrinconados en la mesa de unos diálogos de paz con el Eln dentro de unos años. No los olvide. Porque entonces el siguiente podría ser usted.

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