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Rafael Isaza
Columnista

Rafael Isaza

Publicado

LA NEVERA

Por

RAFAEL ISAZA GONZÁLEZ

rafaelisazag@une.net.co

Amable lector. El domingo anterior esperaba el regreso de mis palomas de un pueblo distante 400 km de Medellín. A pesar de que el cielo era azul, me sentí cansado de mirar al firmamento y me distraje pensando en cosas que para los jóvenes carecen de importancia, pues para ellos el mundo siempre fue igual.

Vino a mi memoria las tablas de multiplicar, en especial las del siete y el nueve, que tanta dificultad me dieron. Luego las tablas de logaritmos, el único medio de realizar operaciones con un mínimo de complejidad matemática. Hoy, en un segundo se obtiene un resultado que hace pocas décadas demoraba horas, días y quizás más.

También recordé a mi mamá y a la de todos, que al regresar del colegio, siempre estaba en la casa. Si no aparecía la pregunta era igual: ¿dónde está mi mamá? No es fácil explicar que con su ausencia se sentía un vacío. Hoy, los niños y jóvenes cuando llegan al apartamento lo primero que hacen es abrir la nevera, no importa el frío que haya en su interior, con tal de que esté llena de cosas.

Me pareció que los tenis de marca me apretaban, pero solo fue un reflejo de los primeros años. En esa época todos los tenis eran iguales y debían durar como mínimo los seis años de bachillerato, solo se utilizaban en las fiestas patrias o religiosas. Gracias a tan dura prueba, los pies tuvieron poco desarrollo, no como los de ahora que a los 16 años son talla 42 o más.

Evoqué la época de la infancia y la rústica casa paterna en la parte alta de El Poblado, allí el frío en las noches era intenso y más al amanecer; años después no fue tanto. Según los mayores debido al cambio climático, a mi juicio el problema era la cobija que poco abrigaba.

De tarde en tarde, por no decir casi nunca, el almuerzo era gallina. Antes no se tenía la costumbre de sacrificar pollos, estos debían envejecer antes de ser servidos. La pechuga le correspondía al papá, que era el único que trabajaba, el resto la mamá lo repartía entre nueve hijos, dos parientes pobres y dos más del servicio. Todos comían gallina, pero mucho más arroz.

En los colegios siempre existieron los matones. Sin pretender defenderlos, a más de uno nos hicieron comprender que el camino de la vida no siempre está cubierto de rosas. Al meditar sobre esto último sentí temor por los niños y niñas que sean adoptados por una pareja gay. ¿Qué podrán responder cuando alguien les pregunte los nombres del papá y la mamá?

No sobra decir que estas personas merecen el respeto de las demás, inclusive muchas de ellas han hecho valiosos aportes a la humanidad. Pero incluir en su mundo a los niños, a la postre se puede asegurar que será más el daño que se les haga que el bien que reciban. Un niño o un adolescente no tendrá criterio para comprender que su entorno es diferente al común.

Un tornillo y una tuerca nunca serán iguales a dos tornillos o a dos tuercas.

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