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Arturo Guerrero
Columnista

Arturo Guerrero

Publicado el 23 de junio de 2021

La novela que hace existir lo innombrable

Esta es una pequeña gran novela. Poco más de cien páginas bastan a su autora para zarandear los cimientos interiores de los lectores. Manda también lanzas hacia el mundo de los muertos, reclamos por sus actos y sus omisiones.

Para lograrlo utiliza con tino los trueques de tiempo y espacio, comunes en los escritores expertos. Son malabares imperceptibles para quien lee pero eficaces como disociadores de la lógica corriente.

Despescueza la linealidad de la vida, apeñuscando en la misma frase presente, futuro, pasado, incluso lo inefable: “Ignoro, sentada en esa playa, que tendrán que pasar años para que la adulta que soy pueda encontrar la fuerza para escribir el relato de esos días, lo que se truncó con esa muerte trágica, lo que fue, y dejo de ser, lo que no se podría nombrar”.

Similar mecanismo con el tratamiento del espacio contribuye a sorprender el raciocinio del que lee: “Así que mis preocupaciones estaban muy lejos de esa casa en que el aire se había detenido, mientras afuera todo parecía tan diáfano y ligero”.

Esos días, esa muerte, esa casa... en dos párrafos de las primeras páginas, Diana Ospina Obando (Bogotá, 1974) enuncia los elementos del drama de una preadolescente, que puja por poner en blanco y negro su orfandad, el desplome de sus mejores días. “Parece que Dios hubiera muerto” (Planeta, Seix Barral, 2121) es su primera novela.

La narradora, en primera persona, se convierte en artífice de su poética personal: “Finalmente, lo que recordamos es el relato que hemos elaborado, la historia que nos contamos para ordenar el caos aparente del pasado y así está bien, no quisiera hacer tambalear los cimientos del edificio, este que he construido con tanto esfuerzo y que, bien que mal, se sostiene a pesar de las tormentas”.

El título, con la muerte de Dios, viene de “Cuatro años a bordo de mí mismo” de Eduardo Zalamea Borda. Se refiere a un silencio grande. Diana Ospina tomó el silencio que torturaba a su protagonista y fue capaz de “poner las palabras donde tocaba... de nombrar lo innombrable y hacerlo existir”.

Su triunfo sobre la muerte más terrible es obra de la palabra diestramente atada a la reflexión y a la necesidad de despejar por fin un porvenir en que la vida no sea una emboscada de las sombras

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