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P. Hernando Uribe
Columnista

P. Hernando Uribe

Publicado el 15 de enero de 2021

La oportunidad

El acontecimiento insólito de la pandemia me está llevando a ver la vida de otra manera, como dedicar un tiempo diario a entrar en mi interior para prestar atención a la necesidad imperiosa de cultivarme para estar dando respuesta a las inquietudes fundamentales de mi existencia: quién soy, de dónde vengo, qué camino recorro y adónde me encamino.

Descubro que soy relacional, que vivo en relación conmigo mismo, con los demás, con el cosmos y, sobre todo, con Dios, relación dinámica que reclama atención permanente, y cuanto más me cultivo, más me asombra la maravilla que soy, pues como afirma Pascal, “el hombre supera infinitamente al hombre”.

Mi primer polo es la relación mía conmigo mismo. Dedico tiempo cada día a entrar en mi interior, a poner orden en mis sentimientos que me llevan a descubrir y cultivar la grandeza de mi corazón, y realizo esta tarea con esmero incansable, sabiendo que sentimiento viene de sentir, que es reaccionar ante un estímulo.

Cuanto más me cultivo, más descubro que soy un ser de sentimientos, de los cuales soy dueño, y todo sentimiento mío es decisión mía, de modo que nadie me puede obligar a tener un sentimiento que yo no quiera, y además no hay razón para tener sentimientos que no sean de amor. El amor, el distintivo de Dios y del hombre.

En este siglo XXI y con motivo de la pandemia, renuncio a hacer más diagnósticos de lo malo, y me dedico a preguntarme cuánto amo y cuánto puedo y debo amar. Comienzo aclarando que amor es unidad de dos, y mi primera unidad de amor debe ser conmigo mismo, llamada autoestima, que afianzo cultivando sentimientos de amor.

A medida que me intereso en cultivar mi relación de amor conmigo mismo, descubro en mí un polo de relación más profundo y determinante, mi relación de amor con mi Creador, y me dedico a cultivar con esmero esta relación de amor, llamada oración. En amar a mi Creador y dejarme amar de él cifro todo mi interés, en lo cual está la razón de ser de mi grandeza humana.

En esta tarea mis maestros son los místicos, como S. Juan de la Cruz, para quien Dios enseña al alma a amar “pura y libremente sin interés, como él la ama”, y que “el amante no puede estar satisfecho si no siente que ama cuanto es amado”. Me fascina saber que mi Amado me regala su amor para que yo lo ame con su amor divino.

El amor, la respuesta a todos los interrogantes del hombre del siglo XXI

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