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P. Hernando Uribe
Columnista

P. Hernando Uribe

Publicado el 10 de diciembre de 2021

La palabra

El comportamiento del profeta Jeremías pone a volar mi fantasía por el espacio infinito por el oído finísimo en escuchar lo inaudible y el gusto exquisito en alimentarse bien. “Cuando encontraba palabras tuyas, las devoraba, tus palabras eran el gozo y la alegría de mi corazón” (15, 16). Sintonizar el alma con el cuerpo y el cuerpo con el alma, dichosa ventura del profeta.

Un día apareció Juan Bautista, el precursor, diciendo: “Yo soy la voz del que clama en el desierto” (Lc., 3, 4). San Agustín comenta: “Suprime la palabra, y ¿qué es la voz? Donde falta la idea no hay más que un sonido. La voz sin la palabra entra en el oído, pero no llega al corazón”. La voz depende de la palabra, que expresa el contenido del corazón y llega al corazón del que sabe escuchar.

El evangelista Juan deslumbra al lector. “En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios, y sin ella no se hizo nada de cuanto existe” (Jn., 1, 1-3). El deslumbramiento consiste en que el Creador mismo es la Palabra, que existe desde toda la eternidad, y que un día se hizo hombre en las entrañas de María. La Palabra que conmovió a esta Señora a nosotros nos llena de pasmo, sortilegio y maravilla.

Cuando María respondió al saludo del ángel: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc., 1, 38), se convirtió en el modelo de lo que todo ser humano está llamado a ser, testigo de la Palabra. Al oír la voz del ángel, María recibió en su corazón el contenido del corazón de Dios. Al llamar dichoso al que escucha la palabra de Dios y la guarda (Lc., 11, 27-28), Jesús se refiere ante todo a su Mamá.

En diciembre celebramos la Navidad, la fiesta del Verbo que se hizo carne, “de la Palabra que se hizo hombre”. Lo que un día pasó en las entrañas de María sigue pasando aun en el más distraído corazón. San Agustín invita a cada uno a apoderarse de la palabra, a hacerla entrar en lo más íntimo de su corazón, a no dejar que se esfume. Para él, la humanidad de la voz pasa y “la divinidad de la Palabra permanece”.

Un día Jesús dijo: “Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”. El que tiene corazón limpio se siente feliz de estar inmerso en la amorosa voluntad de Dios. La voz limpia pronuncia palabras limpias de corazón limpio. El lujo que debe distinguir al hombre del siglo XXI 

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