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Carmen Elena Villa Betancourt
Columnista

Carmen Elena Villa Betancourt

Publicado el 04 de noviembre de 2020

La pandemia del extremismo

Francia, la nación de la libertad, igualdad y fraternidad se ve cada vez más acechada por grupos extremistas que quieren borrar de la historia el papel preponderante que ha jugado el cristianismo en la construcción de esta cultura. Lo ocurrido el pasado 29 de octubre, cuando un Yihadista tunecino entró a una iglesia en Niza y asesinó a tres personas es muestra de ello. El único pecado de estos fieles era que estaban rezando. Una de las víctimas de este atentado, Simone Barreto Silva, madre brasileña de 44 años, dijo antes de morir “díganle a mis hijos que los amo”.

Francia tiene la población musulmana más grande de Europa con seis millones de personas, y el Islam es la segunda religión del país. Pero un pequeño grupo extremista que por supuesto no representa a todos los musulmanes, cree que la manera de imponer su expansión es liberándose de todo lo que, según ellos, les obstaculiza este feroz proyecto de conquista.

El abogado y columnista del diario El País de Cali, José Felix Escobar afirmó en una columna titulada “La libertad fundamental” cómo estos ataques: “tienen su origen en una discrepancia básica entre la civilización occidental y el islamismo extremista”, mientras que occidente busca “una sociedad civilizada” en la que “se fundamenta en el respeto a la libertad de expresión”, el fundamentalismo islámico “cuestionan tal libertad y la someten a prejuicios religiosos, políticos e ideológicos”.

Días antes de la matanza en Niza el profesor Samuel Paty fue asesinado en uno de los suburbios de París por mostrar a sus alumnos en una clase unas caricaturas de Mahoma. Es verdad que la libertad de expresión tiene sus límites. Que muchas veces estos cómics pueden ser ofensivos y desatar la ira de grupos extremistas (como ocurrió en la dolorosa matanza en Charlie Hebdo en enero de 2015) que nos debe llevar a preguntarnos hasta qué punto se justifica insultar al otro por mi derecho a expresarme del modo que me plazca sin respetar las creencias del otro. Pero también es cierto que nada justifica los actos violentos de los últimos días.

Francia vive hoy la pandemia del extremismo que lleva a ver al otro como una amenaza. Si dos religiones han llegado para coexistir en este país, lo ideal sería que pudieran construir juntas, desde sus creencias, el sueño de una nación armónica donde, efectivamente se respete la libertad la igualdad y la fraternidad. Así lo sueña el Papa Francisco y así lo dio a conocer en su última encíclica Fratelli Tutti (Hermanos todos) en la que habla también de su diálogo con el gran imán Gran Imán de Al-Azhar, Ahmad Al-Tayyeb y en ella dijo: “El mandamiento de la paz está inscrito en lo profundo de las tradiciones religiosas que representamos. [...] Los líderes religiosos estamos llamados a ser auténticos “dialogantes”, a trabajar en la construcción de la paz”. Porque el creer en un solo Dios “no lleva a la discriminación, al odio y la violencia, sino al respeto de la sacralidad de la vida, al respeto de la dignidad y la libertad de los demás, y al compromiso amoroso por todos”.

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