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P. Hernando Uribe
Columnista

P. Hernando Uribe

Publicado el 17 de enero de 2020

La paz

Llevamos un tiempo largo hablando de diálogos de paz. Con todo, la polarización, la guerra, está ocupando el puesto de la paz. El insulto, la ofensa y la venganza para quien no siente, piensa y actúa como yo, me indican que vivo en guerra conmigo mismo, y eso mismo hago con los demás.

Paz es bendición, gloria, riqueza, sanación, salvación, en suma, amor. El fruto de un pacto continuo para obtener una vida tranquila, la dicha de quien vive en relación de amor consigo mismo, con los demás, con el cosmos y con Dios.

Mis sentimientos, que son decisiones mías, me indican si vivo en paz conmigo mismo. Todo sentimiento que me hace daño, como insulto, rabia, ofensa, amargura, me indica que vivo en guerra conmigo mismo. Y todo sentimiento que me hace bien, como alegría, confianza, fortaleza, generosidad, me indica que vivo en paz conmigo mismo. La paz conmigo mismo es el secreto de la paz con los demás.

Cuando Jesús nació, los ángeles cantaban: “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor”. La paz es el regalo por excelencia de Dios al hombre. Un día Jesús resucitado se apareció a sus discípulos con este saludo: “Paz a ustedes” (Jn 20,19.21), y lo repitió. La paz no es algo que Jesús trae, la paz es el que llega.

Soy verdadera persona si irradio paz en lo que pienso, digo y hago. San Juan de la Cruz escribe: “Llevarlo todo con igualdad tranquila y pacífica, no solo aprovecha al alma para muchos bienes, sino también, para que en las adversidades se acierte mejor a juzgar de ellas y ponerles remedio conveniente”.

La palabra Shalom, que significa paz, designa el hallarse intacto, completo, y también restablecer las cosas en su estado primigenio, en su integridad. El hombre ansía la paz de modo espontáneo, como concordia, vida fraterna, confianza mutua, alianza, buena vecindad.

La paz está presente en el saludo: ‘buenos días’, ‘buenas tardes’, ‘buenas noches’. La paz es la suma de todos los bienes: tener una tierra fecunda, comer hasta quedar saciado, vivir seguro, dormir sin temores, triunfar de los enemigos, realizar bien el trabajo, todo porque Dios está presente. Más que ausencia de guerra, la paz es armonía de cuerpo y alma.

Si yo decido vivir en paz, nada ni nadie me la puede quitar. Y así cultivaré cada día, de modo sistemático, mi oración, mi relación de amor con Dios, para que, por contar con Él, mis sentimientos, pensamientos, palabras y acciones sean de paz.

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