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The New York Times
Columnista

The New York Times

Publicado el 19 de noviembre de 2019

La piel blanca

Por Enric González

En una imagen, como en un texto, es casi tan importante lo que aparece como lo que no aparece. ¿Un ejemplo? Cualquier imagen de Argentina. Mirémosla. Y formulemos una pregunta elemental: ¿dónde están los negros? Porque en Argentina hubo muchos esclavos de procedencia africana. Según el censo de 1778, de 24.363 habitantes (no se contaba a los indígenas), un tercio eran negros o mulatos. En el Ejército del Norte que comandó el general José de San Martín, el 60 por ciento de la tropa era negra. A mediados de siglo XIX, sobre unos 800.000 habitantes, algo más de 100.000 eran mulatos y solo 20.000 eran negros. Posteriormente fueron desapareciendo, sin que se conozcan bien las causas, aunque se intuyan: se les empleó sistemáticamente como carne de cañón en primera línea de batalla, se les mantuvo en la pobreza y la insalubridad, se les empujó a blanquear la piel por la vía del mestizaje.

En cuanto a las poblaciones nativas, sufrieron el exterminio en la llamada Conquista del Desierto y sucesivas campañas militares, como las del general Roca, y fueron luego consumidas por la marginación. Hoy, apenas el 2 por ciento de los argentinos se consideran miembros de las etnias originarias.

Argentina, decíamos, es un simple ejemplo de una realidad continental. Sobre algunos elementos, como las denuncias de fray Bartolomé de las Casas contra la crueldad ejercida sobre los nativos a principios del siglo XVI, o el hecho de que no pocos colonizadores españoles tuvieran descendencia con nativas, se ha construido un peculiar mito según el cual en América Latina la cuestión racial sería menos sangrante que en la América de colonización anglosajona. Se trata, en efecto, de un mito.

La cuestión racial sigue siendo una de las claves de los conflictos políticos, en especial allí donde son más numerosos los miembros de poblaciones nativas y los descendientes de esclavos. Jair Bolsonaro sabía que estaba ganando votos cuando, tras visitar una comunidad quilombola (negra) en 2017, comentó jocoso que “el afrodescendiente más delgado allí pesaba siete arrobas” y que no servía “para nada”. “Ni para procrear sirven ya”, comentó, riendo.

Bolivia es el único país latinoamericano donde los pueblos nativos son mayoría: el 62 por ciento de los habitantes, según datos de Naciones Unidas. Quien quiera captar la esencia del conflicto político y social que amenaza con desgarrar el país ha de tener muy en cuenta ese hecho. Resultaría bastante cómico escuchar los argumentos del nuevo y asombrosamente ilegítimo Gobierno (ilegitimidad que no justifica los desmanes cometidos por Evo Morales) sobre lo paganos y salvajes y despreciables que son los indios con sus polleras y su Pachamama, si no fuera porque estos tipos que han asaltado el poder Biblia en mano encarnan el horror del supremacismo más estúpido.

Cuesta entender, a estas alturas, el prestigio de una piel blanca. El caso es que ese prestigio se mantiene. El caso es que todas las oligarquías de esta parte del mundo (sean terratenientes o burócratas de la revolución) veneran la piel blanca y el origen europeo de unos antepasados tan famélicos y desesperados como cualquier inmigrante. El caso es que las cosas tienen mala solución si no se supera previamente el delirio de la raza.

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